Cuando terminaba el encierro de San sebastián había unos minutos de silencio tras el infernal ruido. Pasados esos minutos, de nuevo empezaba a sonar la música. Pero ahora era el sonsonete de la música de la zorra. Así daba comienzo esta especie de procesión pagana, que consistía en hacer de cañas una especie de trono, como los de llevar a los santos, y sobre el mismo se ponía la piel de una zorra, cuyo interior se había llenado de paja, petardos y cohetes cual de ellos mas gordo. Los asistentes a la comitiva se vestían de curas, obispos, monaguillos, etc..., y la llevaban de una parte a otra del pueblo, parando de cuando en cuanto, a la puerta de una casa, desde donde se sacaba una botella de anís, garbanzos torrados, higos secos y otros productos, que se consumían en honor de la zorra, y brindando por ella. Así, esta procesión carnavalesca, recorría las calles y cada vez tenía más cohetes unidos al trono de cañas. Al acabar el recorrido, y ya con gran algarabía, se procedía a poner el trono en la mitad de la plaza, empezando todos a llorar y lanzar gemidos porque se acababa la juerga. Luego, el que hacía de obispo, le prendía fuego a la mecha y todo ardía y explotaba... Y así acababan las fiestas. Recuerdo de Manuel Gallego Morales
Baza-Ganada
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