 |
Llegada la Semana Santa la Iglesia cambiaba
de aspecto. Se cubrían los santos con unas cortinas negras que les
daban un aspecto fantasmagórico. Y, para completar la escena, el
Altar Mayor también se cubría con una cortina grande que
no se quitaba hasta el momento de resucitar el Señor.
Este era el escenario que nos encontrábamos cuando íbamos
la chiquillería a conmemorar las
tinieblas que se produjeron cuando murió el Señor. |
Así recuerdo
las últimas tinieblas que conocí:
Fuimos entrando poco a poco a la Iglesia. Nos la encontramos en penumbra.
Sólo había un candelabro con unas velas encendidas. Al principio
nos sentamos en los últimos bancos. El los primeros había
un abuelete que volvía la cabeza de vez en cuando.
Poco a poco, según iban llegando más niños, nos fuimos
acercando a los primeros bancos. Y el abuelete se removía en su
sitio cada vez mas nervioso pues ya sabía que nuestra intención
era darle algún coscorrón ( llamado en este día "tiniebla"
), en el momento en el que se apagara la última vela.
El sacristán, mientras tanto, iba apagando una vela de vez en cuando.
En la penúltima ya estábamos justo detrás del abuelo.
La Iglesia quedó en tinieblas cuando se apagó la última
vela. Empezamos a dar gritos, a dar golpes con los pies en el suelo y con
las manos en los bancos. Y repartimos tinieblas a derecha e izquierda.
Y algunos recibieron más de un garrotazo...
Cuando se hizo la luz el abuelete nos miró sonriente mientras acariciaba
su bastón. Era perro viejo. Fue el que más tinieblas repartió...
Yo, que di y recibí más
de una tiniebla, así lo cuento.
|