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Era un bar muy concurrido. Siempre tenía cerveza Cruzcampo. La tapas más típicas eran "las veraniegas" y los pimientos fritos con patatas. Al llegar el "Pipí" del pescado, freía un poco a los afortunados que estuvieran allí en ese momento. Con la ginebra y el jarabe de limón que compraba a la casa Larios preparaba los mejores "ginfis" de Fiñana. |
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Las pandillas quedaban en la iglesia para ir de excursión al campo. El día se aprovechaba mucho más. Ya se tenían preparadas las cosas de la excursión para, nada más terminar la misa, irse al río o a la sierra. |
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El cohetero abría la comitiva seguido de la gente, la mayoría niños. Después, la banda de música. Cerraba la comitiva el Alcalde y las demás fuerzas vivas. La banda tocaba varias piezas en la puerta del cura y salía este acompañado de todos los demás curas que habían sido invitados a la misa. Se unían a la comitiva y se dirigían a la iglesia. Y seguían sonando los cohetes acompañados de la música. |
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Aunque era una tienda de ultramarinos, también servía como punto de reunión de todo el que quería tomar un buen vino acompañado de un arenque o un trozo de bacalao. Se llamaba EL ATENEO porque allí se hablaba de todas las cosas pasadas o presentes. Pero, cuidado, si se empezaba a decir algo de Franco, Sebastián, el dueño, advertía que " aquí no se habla de política". Era el primer sitio al que se llevaba al que visitaba Fiñana por primera vez para que viera el arte de Sebastián pelando arenques. Lo ponía dentro de un papel de estraza y, dándole un toque mágico, aparecía el arenque sin la piel. |
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Se consideraba el bar más "fino". Por la tarde era el lugar de cita para los juleperos en la habitación que tenía bajando unas escaleras. Su especialidad era el "chérigan" y la gambilla frita. Cuando se le terminaban las tapas, y alguien protestaba porque ponía aceitunas o cacahuetes, decía: - El que quiera comer, que se vaya a la Bibia. |
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También servían para darnos un chapuzón en el caluroso verano. Los pilares mas grandes estaban en la plaza de Ntro. Padre Jesús, en la placeta de Las Iturriagas y en la placeta del chalet de los Acosta. Todos fueron desapareciendo como un tributo a las necesidades del tráfico y a la escasez de animales. |