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Cuando llegaba el verano y el General Saliquet estaba en Fiñana
la misa de doce del domingo era diferente a las demás.
Aunque la casa del General estaba a menos de doscientos metros de la iglesia, este iba a misa en coche. Y con conductor y todo. Las mujeres iban entrando a la iglesia según llegaban pero los hombres esperaban en la puerta hasta que llegaba el General. Cuando lo hacía, el alcalde se lanzaba a abrir la puerta al general. Este bajaba y, con sus grandes bigotes y aire marcial, dirigía la mirada de aprobación a todos los asistentes mientras el chófer abría la puerta de la generala. Después entraban en la iglesia mientras los hombres, con las gorras quitadas, saludaban doblando el espinazo y algunos mantenían el brazo en alto. Y si era el 18 de Julio, cantaban el "caralsol". En la iglesia, en primera fila, ponían dos sillones enormes donde se sentaba el General y su esposa. Cuando empezaba la misa los niños comenzaban a tomar poco a poco posiciones cerca de la ilustre pareja pues verdaderamente, en esa zona, era donde iba a suceder el prodigio de los prodigios. La maravilla de las maravillas. Lo que hacía que las misas del verano fueran diferentes a las demás... Y llegaba el Ofertorio. El monaguillo cogía el cestillo mientras le temblaban las piernas de la emoción según se acercaba al General. El cura -entonces se decía la misa de espalda a los fieles- volvía con disimulo la cabeza para no perderse tan importante momento. Cundía la expectación entre los niños que habían logrado alcanzar la posición adecuada y se daban algún empujón que otro. El monaguillo ponía el cestillo delante del General y este depositaba... ¡¡¡un billete de veinte duros!!! ¡¡¡OOOOOH!!!... Yo, que logré verlo, así
lo cuento.
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En 1943 firmó junto a otros generales una carta al general Franco aconsejándole que instaurara la monarquía. Murió en 1959. |