EL MARRANICO DE SAN ANTÓN


      Cada año era distinto y, para nosotros, siempre era el mismo.
      Se  le hacía una pequeña señal en la oreja y se soltaba a primeros de año tras la bendición del párroco, ante la puerta de la iglesia y con asistencia del Presidente de la Hermandad y de la chiquillería que nos  habíamos juntado  a la olisca de este acto.
      Corría por el pueblo y, aunque en principio era rechazado por los demás marranicos,
esa noche ya dormiría con ellos.
      Pronto se sabía  las calles y las casas en las que  tenía  que  pararse. Sabía beber en las pozas de los cántaros de los caños de Jesús. Iba siempre lustroso y se le veía engordar por días.
       Lo mismo se le veía por el Barrio Alto que por la Calle Real, por  la calle del Oso o por la del León. Se le veía y se le quería en todo  el pueblo.
       Cuando se cruzaba ante  nosotros y hacíamos como para darle una patada, se hacía una carrerilla, y se volvía haciéndonos cara con la jeta.
       Raro era el año que no lo escondían y  corrían el bulo de que lo habían robado, pero al poco aparecía más gordito y más lustroso.
       Y así hasta que llegado el mes de noviembre, se recogía por  la Hermandad de  San Antón y San Sebastián para subastarlo en la plaza al mejor postor y obtener unos dineros para sufragar los gastos de las fiestas de los santos patronos. 
       En febrero se marcaba otro  marranillo y se le soltaba por el pueblo.
       Para todos nosotros, los niños de entonces, siempre era el mismo. Siempre era igual. Nuestro marranico.
Recuerdo de Manuel Gallego Morales    Baza-Ganada

 
  Cada fiñanero tendrá su recuerdo particular sobre los marranicos. Puedes mandar el tuyo y se agregará a los
que se vayan recibiendo.
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