Era un verano de mediados de los cincuenta. Me llegó la noticia de que en el cortijo de El tío Pedro podrían estar interesados en comprar una radio. Nos pusimos en camino mi primo Andrés Ocaña y yo con nuestra radio "Ondina" bajo el brazo y unas cuantas pilas de petaca - entonces no había corriente eléctrica en los cortijos -, para ver si podíamos concretar la venta. Llegamos al cortijo y, tras instalar en el terrado una antena que consistía en un muelle de cobre que se estiraba y alcanzaba más de cuatro metros de larga, nos bajamos a una habitación para completar la instalación. Para entonces ya había corrido la voz y estaban allí gente de otros cortijos. Entre ellos, un abuelo que, garrota en mano, no se perdía detalle de todo lo que íbamos haciendo. ![]() - Soy ya muy mayor para que unos mocosos como vosotros quieran burlarse de mi. Entre todos lo calmaron pero no estaba muy convencido. Al final parece que aceptó que había llegado el progreso. Había llegado la "arradio". Pero, de vez en cuando, echaba una mirada por detrás a ver si podía pillar a los que estaban tocando.
El caso es que la radio se vendió y todos quedamos contentos. La pagarían poco a poco los días de mercado. Mi primo y yo regresamos al pueblo por la rambla, a pleno sol, sudando la gota gorda por los tres platos de cocido que nos comimos cada uno en el cortijo. Un recuerdo de Ignacio Ocaña
Marín ( Montilla - Córdoba).
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