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Doña Juana Alarcón, ya muy mayor, nos relataba como su abuelo
le había contado lo que fue en Fiñana la epidemia de cólera
de 1855. Atendíamos todos su relato mientras imaginábamos
las escenas en el fondo de las brasas de la chimenea alrededor de la cual
estábamos sentados. La luz del candil proyectaban nuestras sombras
en la pared y hacían que el relato resultara más estremecedor.
Nos contaba como en 1855, los que llegaban a Fiñana, decían que en algunas zonas de España se estaba muriendo la gente. Según fue pasando el tiempo empezaron a notarse los síntomas en el pueblo. Empezaron a morir fiñaneros y fiñaneras de todas las edades. Al principio les decían una misa antes de enterrarlos pero, eran tantos los que morían, que algunas veces salía el cura a la puerta de la iglesia y echaba la bendición a los cadáveres que acumulaban en la plaza. Seguidamente los llevaban al cementerio que había en la Cuesta del Mesón. Hacían una fosa e iban poniendo cadáveres de la misma familia y, cuando estaba llena, la tapaban. Para evitar en lo posible que la enfermedad se propagara se crearon unas cuadrillas que recorrían las calles del pueblo para recoger los cadáveres nada más morir. Nos contaba Doña Juana que su madre también enfermó. Cuando todos la creyeron muerta, su abuelo mandó que nadie hiciera ruido ni llorara. Así evitaba que los de la cuadrilla entraran en la casa y se llevaran a su hija al cementerio. Esto la salvó pues, pasados unos días, recobró el conocimiento y terminó sanando. También nos contaba que la gente tenía dudas de si habrían enterrado a alguien sin estar muerto. Ponía como ejemplo a un "muerto" que, habiéndolo dejado en una fosa, apareció muerto al día siguiente, en la puerta del cementerio, con la capa enganchada en la verja de la entrada. En realidad murió de miedo. Avanzado el verano la epidemia empezó a remitir y poco a poco dejó de haber más muertes. En otoño ya no murió nadie de cólera. Historia popular
fiñanera.
Como
de esta historia pueden haber
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