EL GORDITO

                       El Gordito era pequeño, no tan gordo como pudiera indicar su apodo, y con cara de bonachón. Pero... cuidado, a veces le salía el genio.
                       Era herrero y tenía la fragua al final de las Vistillas. Una edificación de una planta y con una sola habitación. Ahora ese local están en ruinas y, cuando se contempla, vienen a la memoria los recuerdos de la niñez.
                       Íbamos a ayudarle en la faena dándole a los dos fuelles. Eran tan grandes que cada niño se tenía que encargar de uno y había que sincronizarse para que cuando uno aspirara el otro soplara. A veces nos juntábamos en el banco de los fuelles cinco o seis niños y aquello era un barullo. Pero el Gordito lo resolvía echando de una patada en el culo a los manazas.
                       Había que aguantarse pues, a cambio, nos hacía unas púas para las trompas que eran capaces de partir en dos las trompas de los contrarios. El que tenía una púa de maceta era seguro perdedor.
                       El Gordito era un artista en la forja. Se ponía contento cuando alguien le encargaba un trabajo en que pudiera demostrar su arte. Así salía de la rutina de los trabajos cotidianos ( clavos, herraduras, aros para colgar las macetas... ). Los que ya eran un poco mayores se podían permitir el lujo de ayudarle con el marro dando golpes en el hierro fundido que él posicionaba sobre el yunque mientras golpeaba y llevaba el compás con un martillo pequeño.
                       Lo que tardaba en hacer un trabajo iba en proporción directa a  los viajes que diera desde la fragua al Bar Moreno para empinar el codo. Ese era el defecto que el pobre tenía...
                       A veces le ayudaba en la faena su hijo Sebastián pero, como discutían constantemente, se volvía a quedar solo durante un tiempo.
                       Completaba su gusto por el arte tocando  los "planchos" en la banda de música de Fiñana.
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