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Este es otro recuerdo que va ligado a las costumbres fiñaneras que
muestran la solidaridad que existía.
Cuando se recogía la cosecha de maíz, se organizaban los vecinos para, en unas cuantas noches, juntarse en cada casa y quitarle a las panochas las farfollas que las envolvían. Estas noches eran una delicia para nosotros, los niños. Se juntaban muchos vecinos en una habitación, se sentaban haciendo un corro y, en el centro, iban vaciando los sacos de panochas. Todos se ponían a limpiarlas de farfollas. Las panochas limpias se iban echando en un saco y las farfollas en otro. El dueño de la casa, de vez en cuando, sacaba una botella de anís para que todos se alegraran un poco el cuerpo ( aquí, algunos niños listillos, aprovechaban el descuido para dar también un trago ). La gente no paraba de contar historias del pueblo. Según avanzaba la noche y el anís hacía sus efectos, la alegría se iba contagiando. Esto se repetía cada noche en la misma casa hasta que, terminada de limpiar toda la cosecha, se trasladaba la reunión a otra casa para seguir con la labor. En los días siguientes, se desgranaban las panochas y se llevaba el grano al molino para hacerlo harina. Esta harina se cernía para separar el salvado, que se dedicaba a la comida de las gallinas y los cerdos, de la harina que se dedicaba a hacer las migas y gachas. Y, para no desperdiciar nada, los cabirones se usaban como combustible idóneo para que prendieran rápidamente los troncos de la chimenea. Y para hacer nuestras guerras de cabirones ... |
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Recuerdo a un abuelete que se presentaba todos los años en la reunión.
Contaba por capítulos sus andanzas en Filipinas. La guerra era narrada
paso por paso. Nos dejaba con la boca abierta. Cuando llegaba cada noche,
preguntaba:
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Las farfollas se aprovechaban para rellenar unas bolsas grandes que
hacían de colchones. Eran las sustitutas de la lana en los hogares
menos pudientes.
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