MI ESCUELA Y ALGO MÁS


               Pues sí, aquella mañana, me levantaron a la hora  en la que siempre  lo hacía mi abuelo.
              Yo siempre había estado en la cama, cuando sentía sus pasos en  el water, en la cocina y luego bajando  al corralón, para irse con  los hombres que siempre lo esperaban a trabajar en el campo.
               Los hombres lo esperaban en la puerta del corralón, que daba  a  la calle en la que estaba la posada  de Vallejo y al fondo la almazara de  Tristán. Al otro lado de la calle estaba el Huerto de D. Norberto el  médico, que era vecino de mis abuelos. Durante varios años, en los bajos de la casa de D. Norberto, estuvo trabajando el "Catite", hasta que se marchó enfrente, a los bajos de la casa de Domingo Lázaro.
                Me  lavaron, repeinaron  y tomé, como siempre, el tazón de sopas.
                Se ve que ya se había decidido todo sobre mi ingreso en la escuela, pues apareció mi tío Manuel y me tomó de la mano. Al pasar ante la tienda de "Enriqueta" me compró una pizarra y un pizarrín blando. Yo no sabía nada de pizarrines blandos o duros, pero  pronto lo aprendí. Los blandos no rallaban.
                La escuela estaba en la misma Plaza Mayor, en los  hoy arcos del ayuntamiento,
               Teníamos que subir una planta y, en el recodo, había una puerta a la que le decían "el calabozo" y era una habitación excavada en la piedra. La escuela  era amplia, y tenía un solo balcón dando a la plaza.
               Frente al balcón se veía  un bodegón, que, en su puerta, tenía siempre un tonel y unos bancos de madera pegados a la acera.
D. Manuel Alvarez con sus alumnos.
               Mi  primer maestro se llamaba D. Manuel Álvarez. Estaba casado con una  maestra también en Fiñana, llamada Encarna Argente del Castillo.
               Bueno, pues cuando se marchó mi tío Manuel, me presentó a los demás alumnos y me sentí bien cuando dijo que era hijo de un compañero de profesión que estaba en Baza.
                Aquí empezaron a conocerme como Manolo el de Baza. Era su pedagogía la de estudiar  las operaciones matemáticas y la  lectura con el sonsonete de uno más 
 uno dos, dos más uno tres... siempre cantando.  Dos por uno, dos ...    siempre cantando.
               El alfabeto cantando, y la  geografía cantando. Todavía me sé:  España limita al Norte con el mar Cantábrico  y los montes ...
               La gramática, La eme con la a, Ma...
               El  Miño nace en Fuente Miña, etc, etc... Aún me sé todo el sonsonete.
               Reconozco que fui un privilegiado, pues a mi maestro le gustaba salirse al bodegón de la plaza y, a los pocos meses, yo dirigía el sonsonete del estudio. Cuando acabamos  un número, o un río, o una lección de gramática, me asomaba al balcón y él me decía lo que teníamos que seguir sin  subir a la clase.
               En el descanso bebíamos agua en un cañillo que había en la plaza, a la misma  entrada de la  calle estrecha que bajaba  a la calle del Agua, al lado de El  Canico. Se bajaba por dos escalerillas, una a cada lado del cañillo. Abajo, había un urinario en el que hacíamos cola, lo mismo que en el caño.
                  A la salida de clase, ya solo, paraba en la tienda de mi abuelo Sebastián Morales, y seguía haciendo  letras y números, en la esquina del mostrador. Mi abuelo me dio el primer lápiz, y los primeros papeles que emborroné fueron en su tienda.
                  Cuando ya me mandaban deberes, los hacía también en la tienda o en una habitación que tenía mi abuela Juana, antes de subir al estudio de fotografía de mi tío Juan Morales.
En la tienda con mi abuelo Sebastián
                  Más de una tarde  hacía mis deberes escuchando a mi tío Juan  tocar la Szardas de Monti y la verdad es que lo hacía muy bien.
                  Otra cosa que recuerdo, es que no tenía amigos de mi edad. Todos eran un poco mayores en años  que yo pero hice buenos amigos.
                  Reitero que fui un privilegiado, pues aprendí rápidamente.
                  Tuve también una buena recompensa, en casa de mis  abuelos paternos, pues me  dejó mi abuelo que tomara  por las noches algunos libros de la gran biblioteca que tenía. Lo que más me gustaba leer era a Cervantes y a Quevedo. Eran libros enormes.
                  Cuando ya fui mayor y tuve casa y un patrimonio propio, intenté  hacerme de alguna de las cosas que habían  formado parte de mi infancia en esa casa.  Los libros, la espada, el árbol genealógico,.. NO ENCONTRÉ NADA.
 
 Un recuerdo de Manuel Gallego Morales ( Baza - Granada )
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