DOS AMIGOS
El que D. Manuel Álvarez, el Maestro, me hubiera puesto desde
el primer día de escuela, al frente de la recitación de la
tabla de multiplicar, y de la geografía de España. con sus
ríos, montes, y su división en Regiones, con las provincias
de cada una de ellas, me había dado una cierta autoridad, que pronto
se vio confirmada, pues al segundo día de estar en la escuela, me
llamaron para ejercer de arbitro ,en las disputas que todos los recreos
tenían dos chicos, uno llamado Juan, al que todos le decían
el Moro, y otro llamado Pepe Sánchez, pero que le decíamos
todos “cagaorzas“ y no se enfadaba con ninguno.
La disputa diaria, era ver quien llegaba más lejos con la
meada, contra la pared, y así el que llegaba desde más lejos
era el campeón esa día. Por lo visto esta disputa venía
de lejos tenía su base en que unos decían que, Juanito
El Moro, se la cogía con la izquierda, y Pepe el Cagaorzas,
con la derecha.
Hube de actuar en varias ocasiones y todos aceptaban mi veredicto.
Pregunté a mi primo Paco Romero del por qué de los apodos
y me lo aclaró todo y bien. Juanito era de marruecos y su
madre y su padre habían venido con El General y estaban sirviendo
en su casa. El de Pepe era porque el año anterior le dio una infección
enorme en el vientre y creían que se moría. El médico
D. Norberto le dijo al padre que, como en el pueblo no había donde
hacer el análisis de lo que tenía, que llevara la caca a
Guadix y que se le analizaran. El padre, para llevarla, le hacía
a Pepe que cagara en unas orzas pequeñas. Este así lo hacia
y, al comentárselo a sus amigos, estos empezaron a decirle ”cagaorzas”.
Ninguno de los dos se molestaba porque los llamáramos por estos
motes...
Eran listos, y como ambos eran cabecillas de grupo, pronto intimamos, a
pesar de que eran un par de años mayores que yo, y andarían
en la edad de mis primos Paco, Luis, Nicolás, o Manolo ,que también
estaban en la escuela..
De Juanito el Moro, había mucho que escribir, aparte de lo buena
persona que era, de lo educado ,y de cómo rechazaba comida que pudiera
ir contra su religión, sin ofender ni molestar ,ni a mi abuela
,ni a mis tías cuando estas le ofrecían algo para merendar.
Simplemente lo agradecía, aunque a veces le decíamos,
tómalo, para después comérnoslo nosotros.
Un día estando en la era, esperando que nos dejara el Garrones
dar unas vueltas en el trillo, dijo que se iba a hacer una necesidad,
y mi primo Nicolás me dijo: "¿Quieres ver como el moro hace
gimnasia antes de cagar ¿¿. Fuimos tras él y
cogía unas piedras por el camino, para limpiarse, y luego, mirando
al sol, extendió los brazos, orientándolos de este a oeste.
Se agachó ,hizo su necesidad, y regresó a la era...
Como estábamos casi muertos de risa ,no pudiendo aguantarme le dije:
Juanito, porqué haces gimnasia, para hacer tus necesidades,
y me contestó.” Mi padre me ha enseñado, que no se debe de
ofender ,si estamos en descampado, mostrando nuestro trasero en dirección
a la ciudad santa”. Así que siempre procuro hacerlo en dirección
Norte-Sur, por eso me orientaba...
Años después ,en un verano pregunté por estos dos
amigos de la infancia, y mis primos, solo me contestaban que Juanito el
Moro, se había marchado con su familia, a Marruecos ,al fallecer
el General, pero de Pepe Sánchez ,no se acordaban quien era. Así
que les dije ,Pepe Sánchez era Cagaorzas. Acabáramos, debí
de empezar por el apodo, Pepe se había marchado al Seminario
de Guadix después, se había salido y estudiaba Magisterio
en Almería.
Desde estas lineas os recuerda Manolo, el de Baza.
Sebastián–Manuel Gallego Morales.
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EL CORTIJO DE DON ELÍAS
Conocíamos
a D. Elías como el padre de mi tío Elías. Era un Sr.
ya mayor y al que mis abuelos, le decían “El requeté”.
Se había casado dos veces, y de su primer mujer, solo tenía
un hijo, mi tío Elías, casado con mi tía Carmen, y
que vivían en Almería, y trabajaba en Sindicatos.
De su segunda esposa, tenía dos hijos,
Rafael y Carmen. Casi siempre habían estado en el cortijo
de su padre, que distaba como una media legua, subiendo por la Rambla,
a su izquierda, y sobre un montículo. Era una construcción
de una sola planta, muy alargada, terrazas de “launa” (esa tierra
entre gris y azul que le daba impermeabilidad a todas las terrazas de la
zona). En su parte central tenía la casa de D. Elías, amplia,
y acarasolada a su derecha y a su izquierda, las de los labradores
de su finca. Toda la parte trasera de las casas la ocupaban los corrales.
Cuando se vinieron al pueblo, los primeros
amigos que tuvieron tanto Rafael como Carmen, fueron mis primos, mayormente
Paco Romero, pues éramos casi parientes (su hermano de padre “ Tito
Elías” estaba casado con mi tía Carmen, hermana de
su madre María y de mi madre Juana).
De carácter afable alegre y bonachón,
con mucho sentido del humor, mi tío Elías era querido por
todos nosotros.
Rafael no se adaptaba a la escuela, pues había
aprendido con un maestro ambulante, que iba por los cortijos, y no se acostumbraba
a la disciplina de la escuela. Le gustaba el campo y los animales, y se
perdía por irse al cortijo.
Nos invitó a los amigos, Paco, Nicolás
y yo, a pasar un día en su cortijo, y lo pasamos bien, muy bien.
Se esforzó en enseñarnos sus animales, el pequeño
huerto de hortalizas que cultivaba él solo, hizo que nos prepararan
un conejo para la comida, y antes de sentarnos fuimos a coger unas cerezas
de un cercado de su padre. Eran de las mejores que había
comido, la llamaba de corazón y le habían traído a
su padre desde Navarra los plantones años atrás. Como estaban
recién cogidas y era el medio día, las metió en una
cesta de alambre de las que se usaban para llevar los huevos, y la amarró
a un árbol dejando que el agua de la acequia que corría a
los pies del cortijo las refrescara.
Dentro de la casa, sobre una cómoda,
estaba colocado un retrato del General Zumalacárregui, una
boina roja con borla como la que tenía el general en el cuadro,
y bajo una hornacina de cristal un pequeño santo, al que Rafael
nos identificó como San Francisco Javier.
Pasamos un grato día, comimos en la
puerta del cortijo, y quedamos al regreso en repetirlo otras veces.
D. Elías, padre , se había trasladado
al pueblo estando ya viejo, y vivían en la casa de los sindicatos,
pero en el piso de arriba.
Comentando lo del retrato y la boina, me contó
mi abuelo que esta familia había llegado al pueblo porque a D. Elías
padre lo habían desterrado, por motivos de la política,
y de las guerras. Le gustó la zona y compró los terrenos
de lo que era su cortijo y se casó de segundas, teniendo
estos dos hijos. Que era muy culto. Que a tito Elías lo había
tenido en un Colegio de Almería, y que cuando se casó
con mi tía Carmen había hecho algunas asignaturas de Derecho
por libre. Después de la Guerra, entró en Almería
a trabajar en los Sindicatos. y teniendo este empleo fue cuando se casó.
Mi primo Paco, al que empezaban a gustarle
las niñas, más de una vez nos dejó para ir a
sentarse en el tranco de la casa de los Sindicatos para ir a charlar
con Carmencita, la hermana de Rafael y de mi tío Elías.
Un día, al llegar a casa de mi abuelo,
Sebastián Morales, el padre de mi madre, encontré en la misma
a mis tíos, Elías y Carmen. Mi tía Carmen era
rubia y muy guapa, Tenían ya dos hijos, María del Carmen
de unos pocos años y un niño, Elías, de pocos meses.
Habían venido a despedirse de mis abuelos y de mis otras titas y
primas, pues se marchaban a Sevilla. Mi tío iba a trabajar allí
en el Gobierno Civil. Los llevaba un coche, que estaba en la plaza.
Me mandó mi tío Elías
a llamar a mi primo Paco. Que lo buscara adonde estuviera, y que
lo llevara allí. No me fue difícil localizarlo, lo había
dejado en el callejón de los Companys, pues yo había
ido a la casa de mis abuelos, que era la mas cerca que tenía, para
hacer mis necesidades..
Al poco de llegar Paco y tras los besos
de rigor mi tío Elías, nos llamó a los dos y
poniéndose muy serio, nos dijo.” Yo os quiero y os querré
siempre como sobrinos. No se os ocurra ser mis cuñados”. Quién
le daría el chivatazo...
Paco aprendió bien la lección,
y nunca más lo vimos sentado haciéndole la rosca a
la hermana del tío Elías. Sí que fuimos varias veces
el cortijo, tanto a comer como a jugar, y otras veces a su casa, para ver
desde el balcón el cine que había puesto Juan Alarcón
(primo de mi madre) en un patio bajo los balcones de la casa de Sindicatos,
en su parte trasera. Eran asientos de primera...
Mi tío Elías, vino a los pocos
años al entierro de su padre y se llevó para
Sevilla a la viuda de D. Elías y a Rafael y Carmen. Mis tíos
tuvieron en Sevilla otros dos hijos, Josefina y Paco (o Quiqui, como
le decían todos). Rafael puso una granja en Chiclana, cerca de
Cádiz. De Carmen, nunca supe más...
Sebastián–Manuel Gallego Morales.
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EL JUEVES LARDERO
Bastantes días antes de que llegara,
ya lo estábamos celebrando todos. Era el Jueves lardero. Único
día en que nos volvíamos a juntar en el campo,
niños y niñas de las escuelas, en una comida de hermandad
y alegría. Se celebraba, siempre, el jueves anterior al miércoles
de Ceniza.
Se hacían unas fiestas, y unos torneos
o recitales de poesías, entre los niños y las niñas.
A ver quién era más listo, o mejor estudiante. Pero lo que
mejor tenía este día es la libertad con la que podíamos
jugar y compartir nuestras meriendas; tortillas, tortas de chicharrones
u hornazos, con espléndidos huevos en su interior, sujetos
por las tiras del pan entrecruzadas. Los hornazos predominaban ese día...
D. Manuel, nos había explicado
que el lardo era la grasa de los animales y que lardero era un adjetivo
de Jueves, queriendo decir todo ”el Jueves de la grasa”. Nosotros lo entendíamos
mejor, que se acababa el comer chicha, que se acercaba la cuaresma
y la Semana Santa... que había que limpiar la orza, como decía
Nicolás.
Mi abuela lo entendía de otra forma, Nos decía ”con los niños
no van esas reglas” y tenía razón. Seguíamos, como
base de alimentación, con los productos del cerdo.
Pidió un voluntario, para el torneo, de poesía, y como
no se presentaba nadie, eligió a José Sánchez
que tenía una magnífica voz.
Cuando puso en la pizarra la poesía que se debía de aprender,
por poco si nos morimos de risa. La poesía empezaba así:
Que linda en la rama
la fruta se ve.
Si tiro una piedra
tendrá que caer.
Más no es mío ese huerto.
No es mío, lo sé...
Más yo no me atrevo,
no sé por qué.
Papá está lejos, mamá no me ve.
Más yo no me atrevo,
No se por qué...
Total que se arrepentía de tirar la
piedra y sus padres le daban frutas y lo felicitaban por la buena acción..
Los amigos nos mirábamos de uno a otro,
con la sonrisa en los labios.
En el recreo, todos comentábamos
lo mismo. ¿Es que el maestro sabia lo que hacíamos cuando
no estábamos en la escuela?. Pepe Sánchez se quedó
varios días sin recreo hasta que se aprendió toda la
poesía, que para el maestro era una Fábula Moral...
y su autor JJ.Harcembuch.
Llegado el día, nos juntamos en la plaza, la escuela de niños
y la de niñas. Éramos muchos, y con nosotros venían
chicas y jóvenes que ya no estaban en la escuela, pero que
ayudaban en la catequesis de la iglesia..
Salimos unos tras otros por la calle del León,
hasta el Ramblón, y entonces hacia arriba, hasta el lugar que conocíamos
como Las Pozas. Ya en el camino se deshicieron las filas, y podíamos
ir charlando niños y niñas. Cada uno con muestra merienda
en una cesta o en fiambrera.
En las Pozas, había algunas catequistas esperándonos; habían
llevado gaseosas y jarapas para sentarnos en el suelo, y manteles
pequeños, y habían construido un arco con cañas,
a modo de teatro, para la competición poética. Una jarapa
servia de telón.
Hubo cánticos comunes, previos a la comida. Luego, cada uno se juntó
con quien quiso, niños y niñas juntos comiendo y compartiendo.
Eso era vivir.
Unas palmadas de Dª Encarna, la maestra, nos llamaron la atención.
Había que terminar de comer, pues empezaban los recitales Teníamos
que ponernos lo mejor que pudiéramos, pero mirando todos al
improvisado escenario. Habría un diploma para quien ganara en la
competición de poesía, pero luego podrían actuar todos
los que quisieran con chistes, canciones o poesías distintas a las
que competían oficialmente.
Por cortesía, empezaría la recitación la niña
designada por su colegio. Se presentó en medio de unas apasionadas
palmas de parte de sus compañeras de colegio y sobre todo de las
preparadoras de la catequesis; una niña, seca, larga, fea, y con
un pelo negro y lacio. Su maestra la presentó como Encarnita. Iba
a recitar un os versos de Santa Teresa de Jesús. Callamos todos
:
Empezó diciendo: Vivo
sin vivir en mí
Y tan alta vida espero,
Que muero porque no muero.
A mi lado, un amigo dijo: Pues muérete
por fea.
Seguía la chica:
Aquesta divina unión.
Del amor en que yo vivo,
Hace a Dios en mí cautivo
Y libre mi corazón
Más causa en mí tal pasión
Ver a Dios mi prisionero
Que muero porque no muero.
Aquí era ya más de uno los que
susurraban: “Pues muérete”.
¡¡ Ay!! Qué larga es esta vida
¡ Qué duros estos destierros!
¡ Esta cárcel y estos hierros!
En que el alma está metida
Solo espero la salida
Que me causa dolor tan fiero
-Que muero
porque no muero -dijeron a coro bastantes niños y niñas.
Hubo regaña por parte de Dª Encarna, y las catequistas
pidieron silencio y terminó la chica su recital..
Acabado este se le hizo un aplauso largo y tendido a la citada Encarnita,
en medio de las discusiones sobre la atención que le
habíamos prestado a este maravilloso poema.
Se volvió a cerrar el telón
del escenario, la jarapa que hacia de cortina..
Al abrirse, allí estaba nuestro amigo
Pepe Sánchez. Un aplauso, y su presentación
en nombre de la escuela para competir en poesía..
Un enorme silencio se hizo cuando inició: Que linda en la rama la
fruta se ve.
El silencio llegó hasta su frase final..
"tendré, besos, abrazos, y frutas también...". Las
manos nos echaban chispas de tanto aplaudir.
No hubo debate. Tanto niños como niñas, estábamos
de acuerdo: el premio diploma fue para José Sánchez. Es que
iba muy preparado.
Al regreso, al pasar por la Calle Real, me quedé casa de mis abuelos.
Era la hora del atardecer en la que siempre -siempre- se sentaba a leer
en su mecedora, tras la cual tenía una bombilla y un candelabro,
para cuando le faltaba la luz..
Apareció mi abuela, y me preguntó quien había sido
la niña que había competido este año. Le dije el nombre
Encarnita, y lo fea que era. Mi abuelo dijo: “A la fea, la herencia
del padre la hermosea”. Y es que hablaba casi siempre en refranes. Mi abuela
dijo: No le hagas caso, el refrán dice que ‘la suerte de la
fea, la guapa la desea". Después supe que la tal Encarnita
era hija única y la mas rica del pueblo. Así eran las cosas...
En mi segundo Jueves lardero, por parte de nuestra escuela se preparó
un precioso poema que empezaba diciendo:
En Jaén, donde resido,
vive Don Lope de Sosa
y diréte, Inés, la cosa
mas brava de él, que has oído.
Tenía este caballero
un criado portugués.
Pero cenemos, Inés,
si te parece primero.
Luego seguía, celebrando el comensal, el vino, la taberna como amiga,
la ensalada, el salpicón, la morcilla, los piñones, el queso
todo estaba exquisito, y lo empapaba con el vino, y hasta decía
:
¿No pusiste allí un candil? ¿cómo
me parecen dos?
Y finalizaba : Pues sabrás
Inés, hermana,
que el portugués cayó enfermo.
son las once yo me duermo
Quédese para mañana..
El aplauso de todos fue enorme, no podían
superarnos.
Entonces tras una breve pausa, llegó
una chica, de las mayores, y con una dulce voz y un melodioso acento dijo
que nos iba a recitar un romance que tenía un estribillo
al final de cada octava, y que por favor no lo repitiéramos,
sino en nuestro interior, pues era precioso:
Empezó diciendo:
La más bella niña
de nuestro lugar
hoy, viuda y sola
ayer por casar..
viendo que sus ojos
a la guerra van..
a su madre, dice:
Dexadme llorar
Orillas do mar.
Seguía narrando las penas de la joven viuda que perdió a
su esposo en la guerra, y al final de cada octava, repetía:
Dexadme llorar
Orillas do mar.
El silencio de todos era enorme, la voz de la chica era preciosa,
y la entonación del romance merecía el silencio, y
así se llegó al final, en que decía la joven viuda:
Váyanse las noches,
pues ido se han
los ojos que hacían,
los míos velar,
Váyanse y no vean
tanta soledad,
después que en mi lecho
sobra ......la mitad
Dexadme llorar
Orillas do mar..
Esta vez las niñas nos habían
ganado por goleada, el aplauso de todos lo confirmaba algún que
otro bravo saltó entre los mayores.
Terminó con unos cuantos espontáneos
para contar chistes, y empezamos a recoger nuestras tarteras y
limpiar lo que habíamos ensuciado. Esta vez lo habíamos celebrado
el jueves lardero, en la explanada de la fuente de Sergio, bajo las moreras
y con la fresquita y abundante agua del lugar.
Al llegar a casa, me preguntaron mis
abuelos, como había ido el jueves, y al narrárselo mi abuelo
se levantó, fue a su biblioteca y me dio un libre de D. Luís
de Góngora y Argote, dijo: “Lo lees, y cuando acabes me lo devuelves.
Veo que te emociona el verso y el romance. Aquí encontraras
algunos de los mejores.” Así lo hice. Lo leí
entero.
El ultimo jueves lardero que pasé
fue en el año 45, y no se hizo competición, se seleccionaron
varios niños y varias niñas de los mayores y todas las tardes
ensayaban en el local del ayuntamiento, que estaba, bajo la torre del reloj.
Era un almacén largo que servia de teatro, y al que se accedía
por la cuesta empedrada de la Alcazaba.
El jueves lardero fue como siempre, alegre
y como día festivo en el campo, y a la tarde siguiente asistimos
a una representación de un Sainete de los Hermanos
Alvarez Quintero llamado “la puebla de las mujeres”. Era la primer vez
que actuaban niños y niñas juntos. Se había
invitado a los padres y estos llevaron los asientos desde sus casas.
El éxito fue enorme. Creo que a partir de entonces, se siguió
con una obra de teatro al jueves lardero.
Sebastián–Manuel Gallego Morales.
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EL MOLINO DE GARRONES
Por hacer ruido a la hora de la siesta, habíamos
perdido el poder jugar en el Corralón. Ya no volveríamos
a usarlo para nuestras tardes, teníamos bien claro que si nos pillaba
mi tío Manuel en la hora de su siesta, dando la lata, su correa
nos alcanzaría. Y eso que nunca se enteró de que le habíamos
puesto las avispas en la letrina. El problema no era tan grave, pues nos
quedaba siempre el recurso de la placeta de Las Iturriagas y jugar al balón.
Pero ¡¡como pegaba el sol¡¡, a los pocos minutos
ya estábamos pegados a la primer sombra o sentados en el tranco
más próximo que encontráramos.
En estos pensamientos, que se nos derretían
por el calor, alguien dijo que el lugar más fresco eran las pozas
que había en el Ramblón. Total, era bajar por la callejuela
empedrada y una vereda tras los parrales del tío Luis Matilla, y
estábamos en las pozas. Así lo hicimos y disfrutamos
de las mismas.
No nos podíamos bañar, porque
enseguida se removían las arenas del fondo y se enturbiaban, pero
si podíamos mojar los pies y las manos cuando queríamos.
Sobre una de estas pozas, estaban las raíces al descubierto de un
enorme árbol, en las que nos sentábamos, columpiando
los pies. Era magnifico.
Allí nuestras conversaciones
se alargaban, hasta que el sol aflojaba un poco, y se preparaba el
asalto a algún huerto con fruta del tiempo. Casi siempre los ciruelos
y los perales, eran los preferidos.
Uno de estos días seguimos la corriente
que había formado las Pozas en el Ramblón y
llegamos hasta el molino harinero que había en la curva de
la carretera, allí si que se estaba fresco. El agua bajaba desde
las faldas de la sierra, pasando por los molinos de la Heredad, y
la acequia fresca y abundante, era la que hacia mover la rueda del
molino.
Estábamos metiendo juncos, entre los
radios de la rueda, para verlos dar las vueltas completas y
reírnos, pues el giro era al revés que cualquier rueda,
el agua le entraba, por abajo, y la rueda giraba hacia atrás. Era
una rueda doble y entre una y otra tenía unas paletas de madera,
que el curso el agua de la acequia hacia a esta rueda girar. Pero
lo hacia al revés. La acequia, la habían dividido un poco
antes en dos, y con un solo tapón, redondo de madera con un
trapo liado, la desviaban, o para hacer girar la rueda o cambiando
el tapón el agua seguía su curso en la acequia. Eso es lo
que estábamos viendo, cuando el molinero nos llamó la atención,
y nos dijo que nos quitáramos de allí. Subimos al molino,
y era un hombre conocido como Manuel Garrones, que era a la vez el
director de la banda de música del pueblo. Nos conocía a
todos. Sabía quienes éramos y quienes nuestras familias.
Nos aclaró que cuando compró el molino ya funcionaba
así, pues el agua venia de lejos en casi llano, y por eso
no tenía un salto, como en los otros molinos. Lo que
tenía era una aceña, y la misma corriente del agua,
aunque movía la rueda al revés, unos engranajes hacían
que la piedra si girase bien.
Hablando se nos escapó que estábamos
por allí, por lo de bañarnos, y nos dijo que la casa
que había junto al molino, la ocupaban algunos veranos
una familia que vivía en Almería, y que las hijas se
bañaban en una balsa que les habían hecho un poco más
arriba, que no era honda y que todos los años la limpiaban, que
el agua era de la acequia, y siempre estaba fresca, pues le entraba y salía
a la vez. Antes de volver al pueblo, fuimos a verla, la encontramos
sucia y en el fondo le habían crecido juncos. El agua sí
estaba limpia, pero muy fría, quedó descartada de nuestra
ruta.
De regreso, nos vinimos por el camino de los
Molinos, pasamos por el cortijo que había comprado mi tía
Dolores, la de Orán, y vimos un poco más arriba una molineta,
y una balsa. Nos acercamos a verla. Mas sucia no podía estar el
agua. Y además era honda. No teníamos suerte. Sin querer
estábamos a la entrada del pueblo, y había un poco de
hueco en el estómago, así que entramos al callejón
que hay junto a la casa del general, nos metimos por él y al poco
ya teníamos unas ricas peras limoneras en nuestras manos. tenía
muchos perales y algunas ramas caían al callejón .Otras
no tanto. Solo era cuestión de alcanzarlas. Estaban riquísimas.
Casi un mes después, Nicolás
nos dijo que habían llegado las niñas de Almería al
Molino de Garrones, se lo había dicho el molinero, y si íbamos
a ir a verlas bañarse. A ninguno nos apetecía la idea. A
ese molino siempre lo habíamos llamado como el de la Curva de la
carretera. Estaba lejos de nuestro circuito.
Sebastian–Manuel Gallego Morales.
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EL MOLINO DE LA HEREDAD
Venían con unos mulos, enormes y
altos para nuestra edad, y sobre los mismos tres o cinco sacas de harina.
Las repartían a sus clientes y a la vuelta iban recogiendo
en las casas las fanegas de trigo, para nueva molturación.
Tanto mi tía Rosario, la de Matías
Blanes, como mi tía María, la de Luis Matilla, eran clientes
de este molino de “La Heredad”.
Un día, nos dijeron a Luis y
a mí si queríamos ir a ver el Molino; nos montaron por la
mañana, sobre las sacas de trigo, y salimos por la carretera en
dirección a Guadix. Pero pronto nos salimos de la carretera a su
izquierda y llegamos en poco tiempo al conjunto de casas que se llamaban
La Heredad. Todas de una sola planta, excepto el molino: este tenía
una acequia de río, con salto de agua , un continuo run-run que
nos decía que estaba moliendo. Apeados, nos asomamos a su entrada
y el que nos había llevado llamó a su hermano, diciéndole
que nos lo enseñara y quiénes éramos.
De la explicación, aparte del giro
de la rueda de aceña, aunque ya había visto en el molino
de Garrones la rueda de este molino, giraba a derechas. Este era más
moderno, tenía las piedras tapadas con madera, para que no saliera
el polvo; por el piso superior se le echaba el trigo a unos cedazos
que le decía “zarandas”, de las que por varias cribas se sacaba
por un sitio el trigo bueno, y por otro salían unos granzones que
decía era lo mejor para las palomas.
Luego, mediante canalones de madera, el trigo
iba cayendo a otros niveles y así hasta llegar al centro de
las piedras de moler. Una vez hecho harina el trigo, caía por su
propio peso a unas sacas, que una vez llenas, retiraban.
Pese a que tenían las piedras cubiertas,
con madera a su alrededor, salía uno de allí lleno de polvo
de harina. En la puerta había varias piedras de molino ya
desgastadas; sobre una de ellas comimos. Había palomas por
todas partes.
Al atardecer, el mismo hermano que nos había
enseñado el molino arreó los mulos, puso sobre
los mismos sacas de harina y nos trajo al pueblo.
Fue una experiencia inolvidable. Siempre que
paso frente a este anejo de Fiñana, recuerdo mi visita.
Sebastián–Manuel Gallego Morales.
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EL PUENTE
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Tenía mi abuela, en su comedor, un
mueble-cómoda en el que estaban puestas todas las fotos de sus hijos,
las de su boda , y una de mi abuelo, joven, saludando a un señor
con barba y grandes entradas en la frente.
Esta foto ya en color sepia, y como
otras estaba pegada a un cartón.
Sabíamos quién era mi tía
Inocencia; la que estaba sobre un cojín, totalmente desnuda
tan solo con unos meses; la de mi tía Leonor solo la
cara y en ropa de cristianar; la de mi padre, montado sobre un caballo
de cartón, cuando tenía un año... y así las
de los restantes hermanos y hermanas de mi padre, en total ocho. Y cuando
llegábamos a la del señor saludando a mi abuelo, siempre
repetía mi abuela la misma frase, “ es el ministro que nos
prometió hacer el puente”, así que la foto quedó con
el nombre del “ministro que les prometió el puente”.
Con el tiempo, y al fallecimiento de
mi abuela, las fotos han ido a parar a cada hijo, y gracias a mi
hermano Amador, han llegado a mí las de mis padres. .
Y es que hay que hacer un poco de historia
de esta foto, pues Fiñana está separada de la estación
del ferrocarril casi cinco kilómetros. Lo malo de esto es que se
interpone la Rambla, de manera que cuando salía esta, no había
forma de pasar de un lado a otro, teniendo que esperar horas y a
veces días para cruzar del pueblo a la estación, o
de la estación al pueblo, y de todos los bancales de la vega al
otro lado de la rambla, hasta el pueblo.
Era entonces el FF.CC. casi el único
medio de locomoción y tanto mercancías como viajeros tenían
en el mismo su solución. Y puede que hubiera otro motivo también,
y es que de mi abuela era el cortijo de Zonzas, que también
casualmente quedaba al otro lado de la rambla, así como las fincas
de la fuente “Sergio” y otras.
Así que mi abuelo se decidió
a luchar por esta obra tan necesaria para la población,
el campo y las comunicaciones del pueblo. Y que a él como vecino
tanto le afectaba.
El puente sobre la rambla, era lo que más
se necesitaba en aquellos días. Eso era innegable. Era una demanda
popular. Era la necesidad más perentoria a cubrir para la
vida ciudadana. Era lo que demandaba la población y
lo que se esperaba de la clase dirigente.
Así estaban las cosas. Y el abuelo
se puso a hacer campaña política, a favor de D. Nicolás
Salmerón, cuando este Sr. era el jefe de la Unión Republicana,
y de ahí la foto, y la frase de mi abuela.
Se ve que la cosa no salió bien, pues
el caso es que el puente no se hizo.
Este año con motivo de las Fiestas
de San Antón y San Sebastián nos hemos
reunido en una comida los pocos primos que quedamos, y hemos
hablado de todo, de la grandeza que tuvo el pueblo y de la actualidad
en que vive... Y en esta conversación, salió el tema de
que en tren de Madrid a Almería, solo venían nueve
personas desde Guadix. De lo que era el tren para el pueblo y de la autovía
flamante que tenemos ahora. Salió lo del puente, y dicen mis primos
AHORA LO HAN HECHO. Se ha hecho cierto lo que decía
el abuelo sobre este puente..., “los que vivan lo verán”...
Hicimos números y mas o menos un siglo y unos años, después
de la promesa política de hacerlo se ha cumplido.
Claro está que también
hemos recordado que en aquella época, y por los mismos días
a Pechina (Pueblo de Almería a 30 km, de la costa)
se les preguntó por los políticos: “Vecinos de Pechina:
¿Qué queréis?” Contestaron: “Queremos un puerto
de mar.” El político dijo: “Si me votáis, lo tendréis”.
Y es que conviene recordar que Pechina fue
puerto de mar en época de los Romanos. Fue el “Portus Magnus” y
fue en tiempos de Abderramán III, durante el gran Califato, cuando
se hizo el puerto en Almería, y empezó a llamársele
“Espejo del Mar”.
Sebastián–Manuel Gallego Morales..
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EL SARASA
Tendría entre los 15 o los 17 años,
y era alto delgado, tez muy blanca, y pelo muy negro con unos andares muy
“garbosos”, como se decía entonces. De cuando en cuando, lo veíamos
pasar con la tabla del pan sobre la cabeza, y es que los recogía
de las casas en las que lo amasaban ellas mismas, para cocerlo en el horno
de su madre.
Entre la tabla y la cabeza se ponía
un pequeño rodete de tela. Mis tías, Rosario y María,
eran de las clientas que amasaban en sus casas el pan, le marcaban
su sello, que era un dibujo en una latón que una vez hechos
los panes, o roscas, se dejaba señalado en la masa fresca.
Más de una vez las veía amasar, y entonces nos preparaban
un hornazo para nosotros, o unos buenos bollos para la merienda. A todo
se le ponía la marca, así no había error de a quien
pertenecía.
Me llegó su historia a través
de mis primos: no era maricón, era Sarasa. Su afición le
venia de su padre, que había sido un gran cantante, y un aficionado
al teatro y a la zarzuela en el pueblo. tenía trajes del mismo,
y le gustaba ponérselos, y cantar como lo había hecho
su padre, años antes de que los milicianos lo mataran (“por
envidia” decía mi abuela, “porque era un hombre elegante, y cantaba
como Angelillo”). Su padre había actuado bastantes veces,
en el salón ”Las Vistíllas” Había formado compañía
de aficionados a la zarzuela. Pero sobre todo era conocida su afición
al cante y su voz parecida a la de “Angelillo”.
Un día, le dijo a mi primo Nicolás
que iba a “actuar” en la cochera de su panadería el Sábado,
que se lo había pedido la Boticaria que vivía enfrente de
su casa y desde su reja podía ver la cochera perfectamente, y que
le había hecho un regalo, así que todos iríamos gratis
a verlo.
Las cosas de la vida, la la hermana
de Boticaria, que era solterona, llegaría a ser mi tía, puesto
que se casó con mi tío Juan, hermano de mi madre, siendo
ya mayores, y retirándose a vivir a Abrucena.
Ese sábado, nos fuimos toda la
pandilla, a la cochera, nos sentamos en el suelo. Había puesto como
un pequeño escenario, con el fondo en alto, sobre unas tablas del
pan, y una cortina tapando el mismo.
Al poco, y cuando estaba ya la cochera llena,
se descorrió la cortina, y salió al escenario, vestido de
gitana. No era el mismo que conocíamos, parecía una
verdadera mujer: los alegres movimientos, el moño del pelo, la peineta,
las castañuelas, el giro que le daba al cuerpo, a las manos, era
una mujer, pero sabíamos que era Ángel el Sarasa. Cantó
algo de la Piquer. Las manos nos ardían de tanto aplaudir.
Hubo un descanso, y se fue a arreglar
para otra actuación, y al poco salió vestido de gitano
con sombrero cordobés, chaquetilla ceñida, corta, botas altas
y faja roja. Cantó varias canciones flamencas, y finalizó
con una de Angelillo, dedicada a Dª Magdalena y a su Hermana “La boticaria”.
Los aplausos hicieron que volviera a repetir una o dos veces, recuerdo
los títulos de “El Tilín”. “El farolero” y “La Mañica”
era la primer vez que los oía
Cuando llegado a casa de mis abuelos,
le contaba a mi abuela, lo del canto, esta se emocionó y subió
al salón principal y dándole cuerda a la gramola, puso
un disco de Angelillo. Era la canción El Tilín, con
la misma voz y la misma emoción que le había dado “el
sarasa”. Un artista. Las ropas eran las de su padre, me decía mi
abuela. Lo de este hombre fue un crimen. Lo mismo que lo del cura D. Melitón
, y lo del fuego en el salón “las Vistillas”: no fue
un accidente, lo hicieron para que el pueblo se olvidara de este artista.
Así se expresaba mi abuela, así lo recuerdo.
Años después, estando ya en
Baza, a través de la Radio Askar, mis padres oyeron que un cantante
oriundo de Fiñana, que estaba en la Argentina, y al que llamaban
Capelillo,. Cuando les conté la anécdota del Sarasa, me dijeron
que recordaban al padre. ”Era buena gente, un gran artista, un buen
hombre”, decía mi madre. Se marcharon a Barcelona, la madre y el
hijo, como tantos otros del pueblo.
Sebastián–Manuel Gallego Morales.
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LA ALMAZARA DE TRISTÁN
La puerta del corralón daba al principio
de la carretera de la estación. Se llegaba a esta carretera, o bajando
una pendiente empedrada desde Los caños de Jesús, o
bien por la calle adonde estaba la panadería de Luis Matilla.
El camino seguía recto hasta
la rambla, pero de pronto, en la misma puerta de esta almazara, giraba
a su derecha y bordeaba la parte de atrás del pueblo, y ya
frente al cerro del cementerio torcía de nuevo hacia la rambla.
Nunca me expliqué este trazado. Frente a la fonda de los Vallejo,
padres de mi tío Joaquín, que se había casado
con mi tía, Pura Gallego, y se habían marchado a Jerez de
la Frontera, estaba el huerto de D. Norberto el médico, abancalado
en la ladera y que no producía nada( tenía colmenas de abejas
y avispas y alguna que otra parra), y más abajo de la fonda
estaba el portalón de la Almazara.
Coincidía la época de la matanza
con la de actividad de molturación, y como íbamos cuando
la matanza (a ver lavar las tripas, en el camino que seguía
derecho hasta el río, para que nos dieran las vejigas del marrano
limpias), pues aprovechábamos para entrar en la” almazara
de Tristán,” como le decían....
La recuerdo con un patio tras el portalón,
en el que se amontonaba la aceituna, luego unos cobertizos en los que estaba
la prensa de rulos de piedra machacando la aceituna, que le suministraba
un hombre, subiéndose a unas escaleras, y vaciando las espuertas
en un embudo. Del embudo caían a los rulos y luego estos iban
soltando las tortas que salían de los mismos. Otros hombres metían
estas tortas en unos capachos de esparto, y las apilaban sobre un eje central,
en lo que decían prensa. De estas la presión hacia que saliera
el aceite. Pero a nosotros, una vez que conocimos el procedimiento, no
nos interesaba esto. Lo que más nos interesaba eran unas enormes
rebanadas de pan que el maestro de la almazara nos regalaba untadas
en aceite, nuevo, recién salido de las prensas, a las que los mayores
untaban de ajo... riquísimas.
Es un grato recuerdo.
Sebastián–Manuel Gallego Morales.
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L A CHURRIANILLA
Nos
sentábamos en el tranco de la Iglesia y cuando veíamos venir
a algún padre con la cajita bajo el brazo, corríamos
a ponernos en la subida al Castillo, en una baranda que daba a la
plaza, y desde allí lo observábamos todo..
Entraban en el ayuntamiento, adonde estaba el Registro Civil comunicaban
la defunción del bebé, y seguían hacia el Cementerio
subiendo la cuesta del Castillo.
Fueron unos veranos fatales para la población de Fiñana.
Morían a razón de dos o tres al día.
Era la epidemia de la deshidratación que se había desatado
entre la población infantil y, a veces, no tan infantil.
Para la recuperación de esta enfermedad, a la que todos
en el pueblo decíamos “La Churrienta”, o la “Churrianilla", según
hubiera afectado a un niño o a un bebé. Era preciso poner
suero y este suero no existía. A veces oí decir a mis abuelos
que el suero se componía de agua destilada y algo de sal, pero que
había que saber ponerlo en la barriga de las criaturas. Y
esto sólo lo sabían hacer los médicos y los practicantes.
El caso es que morían.
Ya se habían casado mis tintas Antonia y Ana Morales con Andrés
y Paco Caña. Sus familias no se escaparon de esta epidemia veraniega.
Tampoco la de mi tía Paca Gallego y Manuel Morales. Así que,
por una u otra parte, aquellos veranos teníamos pequeños
familiares difuntos por causa de esta epidemia.
Cuando eran de alguna de las familias de los que estábamos
aquél día sentados en la Plaza, acompañábamos
al padre hasta el cementerio, como único cortejo.
Entre amigos y familiares, visité el Campo-Santo en numerosas ocasiones.
Nos dedicamos a leer lápidas y conocer adonde estaban enterrados
nuestros familiares.
Frente a nuestra escuela, junto a la taberna, había un practicante
que luego llegaría a ser alcalde del pueblo, que no daba abasto.
Desde la escuela veíamos llegar a los padres y madres con el pequeño
o pequeña bajo el brazo, desesperados. Pero poco se podía
hacer careciendo de medios. Más de una bronca oíamos como
le echaban a aquel buen hombre, como si él fuera el causante del
estado de penuria que había en la sanidad.
Este es uno de los malos recuerdos que tengo, entre los miles de buenos,
de aquellos días en Fiñana. Los años de la churrianilla...
Sebastián–Manuel Gallego Morales.
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L A ÉPOCA DE TRILLA
La Siega empezaba siempre con el
mismo ritual: Llegaba el tío Garrones y le decía a mi abuelo
que ya tenía contratados seis u ocho segadores, y que empezarían
en unos días al mismo acabar en tal o cual finca. Así
que empezaba a moverse toda la casa fuera buena o mala la cosecha.
Se iniciaba con una visita “ Catite “ el viejo
zapatero, al que se le compraban un par de docenas de dediles, y
luego la faena que mas nos agradaba a mi primo Nicolás y a mí
que era limpiar los trojes de los restos del año anterior
,sacando hasta el ultimo grano de trigo y barriéndolos concienzudamente..
Era esto lo mas deseado, y lo mas esperado por nosotros, ya que nos
permitía estar en “El paraíso” y luego recibir algún
premio de lo mucho que había en el mismo que nos gustaba.
El “Paraíso” era una larga habitación en la que se recogían
TODOS los frutos y las cosechas que daba el campo, así como de la
matanza.
Tenía unos trojes, o atrojes, como les decíamos nosotros,
en los que se apilaba el trigo, la cebada, y otros granos, a su lado, unos
pequeños para los garbanzos y habillas blancas, unas
bandejas largas, para los higos secos, y aceitunas negras ya deshuesadas,
en sus paredes estaban colgadas las selvas, ya secas y enristradas, y que
eran siempre junto con los higos secos, los premios que pedíamos
por nuestra –desinteresada ayuda en los trabajos de limpieza ,y colgados
del techo en largas cañas los pimientos ya secos que eran junto
a las aceitunas la base de la “zaramandoña” que comíamos
en los veranos, y junto a estos las ristras de ajos, y algún
que otro manojo de membrillos que se habían salvado de hacerlos
carne de membrillo, las del panizo florero, y a su fondo, y sobre un sobresuelo
,estaban todo lo de la matanza, una esquina con las mantas de tocino en
vueltas en sal, las orzas en las que se ponían las morcillas bajo
la capa de grasa, y en el techo de esta zona los palos, que no cañas,
en los que se colgaban los chorizos, y los ganchos de los jamones. En esta
misma zona había unos toneles, en los que manipulaban las aceitunas,
y a los que les echaban sosa cáustica
y les cambiaban de cuando en cuando el agua. Y unas zafras para el
aceite.
La llave del Paraíso, la tenía
siempre –siempre- mi abuela, en un bolsillo que le decían
faltriquera, bajo su delantal o bajo sus enaguas, nunca vimos que se la
diera a nadie, ni siquiera a la madre de la Pepa, que era la mujer que
le ayudaba en todas las faenas de la casa.
Así que el inicio de la siega era una
de las pocas ocasiones que teníamos para entrar en el Paraíso
y salir con unas ristras de selvas como premio a nuestro trabajo.
En la era, cuando ya estaban las parvas bien
trilladas y a punto para amontonar para luego aventarlas, nos dejaban
que diéramos unas vueltas montados en el trillo, y luego ya un poco
mayores, nos dejaban conducir a los mulos, que para nosotros eran
como las Cuadrigas romanas.
En mis recuerdos,
de niño, el día que llevaron un fresco gazpacho para la comida
y al mismo quitar la tapadera cayó un saltamontes y,
Garrones, ya con la cuchara en la mano lo llevó directamente
a la boca y mientras lo comía nos dijo “desgraciado el animal que
por boca de otro entra”. Que cierto era...
Sebastián–Manuel Gallego Morales.
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LA FUENTE DE SAN SEBASTIÁN
En las larga tardes del verano, antes de que
me mandaran a la escuela, La pepa, después de arreglarme y asearme,
me sacaba a pasear. Su lugar favorito era, siempre de la mano, una fuente
que le decían de San Sebastián.
Bajábamos por la calle del León,
dejando a su izquierda el camino de las eras, avanzábamos
por este camino del río o del Ramblón, y a medio camino,
y frente al huerto del parral de Luis Matilla, se entraba por una vereda
hasta la fuente de San Sebastián. Había que pasar dos o tres
bancales, en cuyas lindes, crecían juncos, de los que cogíamos
los más gordos para hacer molinicos.
Muchas de estas tardes, nos acompañaba
una chica, un poco mayor que yo. Su madre regentaba el bar de la
calle Real, en cuyos salones del segundo piso había una sociedad
de cazadores, “la PikiVana”. Esta mujer se llamaba Bibiana, y era parienta
de mi tío Joaquín Vallejo, el marido de mi tía Pura.
Era una niña con unos enormes ojos,
muy despierta y la recuerdo siempre haciendo juegos con una cuerda
entre los dedos de la mano. Decía, ahora es una cama, tira de aquí,
se cogían las cuerdas y decía, ahora una puerta.. Nunca fui
manitas... nunca aprendí este juego.
Sí recuerdo a unos chicos, que les
decían los Jesule-levitas, que tenían su casa en la calle
estrecha, que hay entre la casa de José María Ocaña,
y la del Bar de la Srª Bibiana. Eran unos estupendos amigos. Al fondo
de esta calle, y en una casa, que tenía unas escaleras, con una
plataforma, para subir a su puerta, vivió mi tía Tana, que
por aquellos días se había casado con Paco Ocaña.
Pero la fuente de San Sebastián no
era de fiar: en los años de sequía, mermaba el agua, y no
manaba bien, solo un hilacho Sucedió que una tarde, mientras
veía girar el molinillo hecho con juncos, salió una enorme
culebra, larga, larga, justo por donde emanaba el agua. Se lo conté
a la abuela... y se acabaron las visitas a la fuente.
Es un recuerdo de un lugar llamado “la fuente
de San Sebastián”.
Sebastián–Manuel Gallego Morales.
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LA FUENTE DE SERGIO
Antes de que me mandaran a la escuela, todos los días tenía
que ir un rato a casa de mi abuelos maternos. Me aseaban, me cogía
la Pepa de la mano, y a subir la cuesta de los Caños de Jesús,
hasta la tienda de mi abuelo Sebastián Morales. Allí me dejaba
y preguntaba sobre qué hora tenía que ir a recogerme. Era
su trabajo.
Mi abuelo ya estaba un poco mal de, como decían en casa, “sus
partes”. Orinaba de cuando en cuando sangre y estaba medicamentado.
Mi abuela le hacia infusiones con hierbas coladas, y D. Norberto, el
Médico, le visitaba siempre que pasaba ante la tienda de tejidos.
Recuerdo que le decía que tenía que perder un poco de peso
(estaba muy grueso), y que le convenía andar todos los días,
pues su vida en la tienda había sido muy sedentaria. Encontraba
alivio andando, aunque tenía que pararse de vez en cuando.
Así que cuando la Pepa me dejaba en su tienda, llamaba a mi
tía María, la madre de Paco, y cogiendo su bastón
de puño de plata salíamos a pasear.
Su camino favorito, era bajar a los Caños de Jesús, tomar
por las visitillas, el camino de la estación, y llegar, pasada la
rambla a la fuente de Sergio. Era un camino casi llano, y tenía
bastante arboleda, adonde acercarse caso de que se precisara.
Era muy optimista, y se apoyaba en un bastón con una empuñadura
de plata que no era tal, sino que desenroscándola en un vasito alargado
para beber el agua.
Me encantaba ir a su lado, siempre me enseñaba algo nuevo sobre
aquel lado del pueblo, que es el que da a la rambla y a la estación.
Aprendí los nombres de los arboles, y de las plantas, de los
pequeños insectos que podíamos coger, y sobre todo, me insistía
en que respetara siempre a las personas. No las debía ofender. Nunca.
Recuerdo siempre la tarde en la que me dijo, “te he oído desde la
tienda decir una palabrota. Yo también las sé decir, pero
no oirás nunca ese tipo de palabras en mi boca.”
Cerré mi pico a tales palabrotas desde aquél día.
Mi lema fue el de mi abuelo, “Claro que sé decir palabrotas, pero
no las digo”.
Llegados a la fuente, sacaba el vaso del puño del bastón
y me lo entregaba, para que yo lo llenara, pues a él le era difícil
el agacharse hasta la corriente que se veía entre las dos
losas. Siempre fresca y siempre limpia., así era el agua de la Fuente
Sergio.
Luego charlábamos un rato sentados en los troncos de los arboles
que tenía la fuente, puestos como bancos, a la sombra de las
doce o más moreras que rodeaban la explanada de la fuente,
cuyas hojas alimentarían después a las cajas de gusanos de
seda que tuve. Cuando criaba gusanos, era yo muchas veces el
que buscaba a mi abuelo para ir a la fuente de Sergio. Eran las hojas más
grandes y más gruesas, eran un buen alimento.
Frente a la fuente, un poco alejado y en el mismo camino de la estación,
había una nave, con una gran chimenea en su puerta. Nunca llegué
a saber si era un molino de aceite o cualquier otra fábrica. No
lo pregunté. Si lo hice, no recuerdo qué es lo tenía
dentro aquella nave.
Para que nunca el camino, se me hiciera pesado, me enseñó
a cantar una coplilla, que decía:
Isabel y D. Fernando-
pom-pom-.
Que café estaban tomando.
Pom-pom.
Pidieron a Colón de nuevo.
Pom-pom.
Que pusiera el huevo
¡ qué pusiera el huevo!
de pié.
Al acabar, volvíamos al principio, así todas las veces que
se quisiera Al decir, Pom, el pie tenía que pisar fuerte en
el suelo. Andábamos más de prisa.
Fue este abuelo, el que me ayudó en la lectura y en la escritura,
a mi salida de la escuela. Como siempre tenía que pasar un rato
con estos abuelos, lo pasaba en la tienda de telas, y sobre el mostrador,
llenaba los sobres de letras y números. Era y fue el mejor complemento
para mi rápido aprendizaje.
Le gustaba hacerse fotos con toda la familia, mayormente con los nietos
.Cuando mis padres fueron en verano, para que conociera a mi
hermano Pepe Luís, estaba mi tío Juan instalado
Almería, en la Rambla Alfareros. Allí tenía su estudio
fotográfico, y lo lamentó mucho. Aquel verano se quedó
en Fiñana con nosotros, Juan, el mayor de mis hermanos, y
antes de que se viniera mi hermano a Baza, logró hacerse una foto,
con Juan, Paquito, Mariquita ( la hermana de Paco) y yo.
Esta foto no la tengo pero sí otra del mismo día, con
los mismos, y con mis titas, Carmen, Paquita, Antonia, María y mi
tío Paco (el chofer), que era el padre de Paquito. También
entramos los antes citados nietos.
Esa foto tiene una curiosidad, y es que tenía un tobillo dañado,
y una venda sobre el mismo. Al hacer la foto me dice mi tío Juan
“esconde el pié con la venda”, y lo hice al revés.
Por las noches, casi siempre, tomaba berenjenas y rábanos, que decían
que eran buenas para su enfermedad, de la orina, pero recuerdo los comentarios
y susurros de mi abuela, y mis tías, diciendo “esto va mal” cada
vez que salía de verlo Don Norberto el médico..
No perdía peso, como le aconsejaban. Se fatigaba y se cansaba cada
vez mas pronto y sentía opresión, al respirar. Teníamos
que hacer tres o cuatro paradas, ,hasta llegar a la fuente.
El día en que murió, fue una mañana, y en su cama,
se dijo que había sido una angina de pecho.
Murió cuando tenía yo nueve
años.
Sebastián–Manuel Gallego Morales.
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EL NIÑO JESÚS DE PRAGA
Como
tantas tardes, después del partido de fútbol, subíamos
a beber agua al cañillo de la plaza del ayuntamiento, y nos
sentábamos a descansar en el tranco de la Iglesia. Aquella tarde
fue una de tantas. Sentados, vimos llegar la Alsina, o la Pestosa, como
le decíamos nosotros, pues raro era el día que no devolvía
algún pasajero de la misma en las curvas del Ricaveral.
Así que vimos bajarse a unos viajeros,
y salir el chofer a llenar el cubo de agua en el cañillo.
Ya le han devuelto, dijimos y nos echamos a reír. Dejó
las puertas abiertas, para que se aireara, y cuando llegó
al vehículo lo vimos hablar con una mujer que no se había
bajado junto a los otros pasajeros. Hablaron y el chofer nos señaló
con la mano. Bajó la mujer, seca, delgada, fea y muy alta, y se
dirigió a nosotros. Llevaba un pañuelo negro muy pegado
a la cabeza, que nos parecía muy chica para una mujer tan
alta y toda ella iba de negro. Cuando se acercaba a nosotros, con una mano
se sujetaba el pañuelo bajo su barbilla.
Nos preguntó si vivía
Dª María Rosario Pérez Vargas, la mujer de Sebastián
Gallego “¡¡Anda¡¡” dice Nicolás, “si esos
son nuestros abuelos. Claro que viven .Viven en la Calle Real, ¿quiere
Vd. que la acompañemos?” A lo que la mujer dijo “No, yo me sé
la casa”.
La vimos alejarse con la cabeza gacha, y con
la mano sujetándose el pañuelo de la cabeza.
Al poco empezó a anochecer,
y Nicolás y yo decidimos irnos casa de nuestros abuelos. Paco se
bajó con nosotros a la casa donde vivía, que era en los bajos
de la casa de los Ramícos, a medio camino de la Calle Real.
Antes de llegar a la casa empezamos a apostarnos,
como siempre a ver quien levantaba antes el pestillo de la cancela de la
casa. En esta porfía íbamos Nicolás y yo, cuando en
el portal nos paró mi tía Paquita, que estaba sentada con
su novio, Manuel Morales, con quien estaba en vísperas de casarse.
“No podéis pasar, hay visita”, nos
dijo, así que nos sentamos en el tranco. Hartos de estar esperando
le dijimos que teníamos sed, que queríamos beber, a lo que
mi tía, nos dijo que lo podíamos hacer en la pila del corralón,
pero sin subir a la cocina, ni al comedor. Así se lo prometimos,
y cuando bajamos al corralón estaba la madre de la Pepa
y la Pepa, llenando un colchón, con hojas de las mazorca
de maíz. Ya tenían llena una almohada y habían
bajado de la pared un catre, que siempre habíamos visto allí
colgado.
Empezamos a ayudarlas llenando el colchón
y a poco se ultimó cosiéndolo la madre de la Pepa. En esto
no hablaban, así que nuestras voces llegaron a la cocina y mi abuela
nos llamó para que subiéramos a cenar.
En la mesa de la cocina, estaba sentada la
mujer que había llegado en la Alsina nos quedamos parados,
pues también en la mesa, estaba mi abuelo, y le teníamos
un respeto enorme.
Mi abuela le dijo a la mujer “este es Nicolás,
hijo de mi Rosario, y de Matías y este es Manolo, de
mi hijo Antonio, que está de maestro en Baza”. La mujer nos sonrió,
y el pañuelo de la cabeza, se le fue un poco hacia atrás
.Tanto Nicolás como yo quedamos mudos. Tenía la cabeza rapada
al cero.
Al poco se presentaron la Pepa y su madre,
diciéndole a mi abuela que la cama ya estaba preparada en la habitación
de la plancha. Que le habían puesto sábanas y mi abuela
les dijo que prepararan la cena, huevo frito, tiras de tocino y pan (lo
de siempre), luego vendría el tazón de leche caliente y a
la cama..
Así que quedaron en la cocina, mis
abuelos, la mujer con el pelo rapado a cero, y la Pepa y su madre.
A la mañana siguiente, que era sábado
,vino el Gordito el fraguero, con herramientas en la mano y una cerradura
y se fue con mi abuelo.
El gordito nos guiñó el ojo,
pues nunca nos cobraba por ponerle a las trompas el clavo de herradura,
y siempre nos decía, ya me pagará vuestro abuelo.
Nosotros nos fuimos a lo nuestro, a jugar
hasta el medio día.
Cuando llegamos estaba, mi abuelo en la mesa
de su despacho, con Andrés Ocaña. que era el Juez,
y estaban redactando un documento de cesión de una casa-cueva, sita
en el barrio de la Olila, que le daba la mujer a la Hermandad de San Sebastián,
para que con lo que se obtuviera, con su venta, se contribuyera al
arreglo del retablo de la Iglesia..
Por su parte la Hermandad de San Sebastián,
de su pósito le daba a la mujer una buena cantidad de pesetas,
en concepto de gratificación y ayuda a su situación
de desamparo y pobreza.
Ya había visto varias operaciones de
esta parte, se hacían en la casa de mi abuelo, que era el presidente
de la Hermandad, y vi a mucha gente llorar y abrazar a mi abuelo
dándole las gracias. También a mi abuela besándolo
en la frente cuando acababan estos asuntos y diciéndole “sin
ti, que seria de estas pobres gentes”.
Y es que luego de mayor, supe que como no
se podían vender estas casas cueva porque no tenían documento
notarial alguno de propiedad, lo que se había ideado mi abuelo era
que se donaran a la Hermandad de San Sebastián; la hermandad
gratificaba a los donantes , por una cantidad similar a la del precio que
tenían, y luego la vendía la Hermandad en subasta, para recaudar
dinero, para las fiestas de San Sebastián o para arreglar la iglesia,
que había sido saqueada y destrozados todos los altares al principio
de la Guerra Civil.
Cuando nos juntamos con los amigos para jugar,
varias mujeres, nos pararon para decirnos si era verdad que en la
casa de nuestros abuelos había dormido “la roja “ la Mesindona,
si era verdad que tenía la cabeza rapada a cero, que cuanto tiempo
iba a estar en el pueblo...
Ante tanta pregunta, y en vista de que las
mismas preguntas nos las hacían otras mujeres, decidimos irnos a
robar fruta, cosa que se nos daba bien los sábados
Aquella tarde noche llegó el cura,
y mi abuelo le entregó un lío de trapo Se lo llevó
el cura sin decir nada. bajo el brazo. El Domingo, apareció en una
mesita en el centro del altar de la Iglesia el Niño Jesús
de Praga.
Era de unos treinta centímetros de
altura, una corona sobre su pelo y otra redonda
tras su cabecita, en su mano izquierda la bola del mundo, y sobre la misma
una pequeña cruz, su mano derecha con el dedo indice en alto. Una
bonita capa roja con amplias cenefas en oro y un vestido blanco
largo que le tapaba los pies, con bastantes dibujos en oro, y sobre su
pecho, un corazón con una llama encendida sobre el mismo.
El cura dijo que un alma cristiana lo
había salvado del saqueo de la iglesia, y que lo había
guardado todo este tiempo, pero que por fin volvía a estar
en el lugar de siempre, en su iglesia. Todos fuimos invitados a que al
terminar la misa pasáramos ante él, para admirarlo.
El domingo por la mañana, cuando nos
levantamos Nicolás y y ,para ir a misa, en la cocina estaba la mujer
y le estaba arreglando el pelo a mi tía Paquita, le decía,
”mi niña”. Nosotros desayunamos y nos largamos rápidamente.
Les contamos todos los amigos lo de la mujer con la cabeza rapada.
Muchos ya lo sabían, cómo corren las noticias.
El lunes a primera hora ya no estaba la mujer
en nuestra casa .Se había marchado para Barcelona, como tantos otros
del pueblo.
Con el tiempo, mi abuela nos contó
la historia de la Mesindona. Se había criado en un cortijo, y sus
padres habían muerto. Se vino al pueblo y mi abuela la tomó
como criada Era alta guapa, fuerte, limpia trabajadora y agradaba
a los hombres. Pero un día se marchó de la casa de mi abuela.
Se la había llevado un “señorito” y le había
regalado una casa cueva, en el barrio de Olila. La cosas le fueron bien
hasta que se quedó “preñada” decía mi abuela, y el
señorito le pegaba. Entonces volvía por la casa de mi abuela,
y se amparaba en ella. Le decía que quería ser madre,
que quería tener un niño. Tener algo en la vida, pues no
tenía nada de nada. Pero al empezar la Guerra, el “señorito”
se perdió. Ella perdió el hijo que esperaba, y se juntó
con los milicianos, le veían borracha, hoy con unos, mañana
con otros. Y la noche en la que destrozaron la Iglesia y el altar mayor,
dicen que la habían visto a ella en el grupo de los milicianos.
Que su altura y su pañuelo rojo al
cuello, eran inconfundibles. Se fue del pueblo en la retirada de
las tropas republicanas, nunca se supo más de ella, hasta que había
aparecido. Había estado en la cárcel de Almería, y
el día en que la excarcelaron fue cuando llegó al pueblo
adonde tenía su casa.
En los destrozos de la Iglesia, se había
guardado al Niño Jesús de Praga, porque le tenía mucha
devoción, y no consentía que le hicieran daño a los
niños. Así que lo había liado en telas, y se lo había
guardado bajo el delantal. En su casa cueva, lo escondió
bien para que nadie lo descubriera.
Cuando llegó al pueblo, lo primero
que hizo fue contárselo todo a mis abuelos, mi abuela
como siempre la había amparado. Dijo a mi abuelo que quería
irse para Barcelona, pero que su único bien era la casa cueva .
Así que mi abuelo le solucionó
el problema de la venta, figurando en documento, que se la cedía
a la Hermandad, y luego que esta la gratificaba por su gesto. En esto
vuestro abuelo era un lince, nos decía la abuela.
En lo que mi abuela no estaba contenta era
en que el cura, nunca dijo quién había devuelto el
Niño Jesús a la iglesia. A la que todo el pueblo
decía, “la roja, la mala, la furcia” era la que lo había
devuelto.
Claro, se reía, que tanto la
Pepa y la madre de la Pepa, como yo hemos procurado que se sepa la verdad.
Yo sabía que el niño Jesús
era Milagroso, le pedí un “gran favor “ y me lo concedió.
Claro que a cambio le prometí algo que no he cumplido, y siempre
que lo veo en la Iglesia me acuerdo de mi incumplida promesa. Espero
que me perdone.
Sebastián–Manuel Gallego Morales.
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LA PROMESA
Si se promete algo, hay que cumplirlo para vivir en paz. Que mi abuelo
Sebastián Gallego ya estuviera un poco viejo, no le amedrentaba
en nada para cumplir su promesa.
Tenía que ir en peregrinación,
o romería, como decían mis tías, a darle gracias al
Cristo del Bosque en Bacares.
Nunca dijo el porqué de su promesa,
y la fe de que lo que había pedido al Cristo, le había
sido concedido. Pero él le debía su visita y su gratitud
al Santísimo Cristo del Bosque. Tenía que ir a Bacares, a
su ermita, para que viera que había cumplido su parte.
Como Nicolás y yo estábamos
siempre encima de todo, nos apuntamos al viaje. La semana anterior se estuvo
preparando el viaje. Iríamos en unas aguaderas grandes, de las de
la uva, decía mi abuela, a un lado Nicolás y al otro yo,
y envueltos en mantas. En otro burro iría el abuelo, pues
no estaba ya para ir todo el camino andando. En los otros dos, en
uno irían las mantas y la comida y en el otro se alternarían
mi tíos. Llevarían también la comida de los animales.
En la cocinas se apresuraban a llenar fiambreras y tarteras, conejo
a las hierbas, zaramandoña, panes y botas de vino.
La noche antes, casi no dormimos, antes de
que clareara el día ya nos había llamado mi abuela. En la
cocina estaba el abuelo, desayunando, y lo mismo hicimos nosotros. Bajamos
al corralón y allí los cuatro burros preparados. Nos
liaron en mantas , uno a cada lado de las aguaderas, que no eran las de
llevar dos cántaros a cada lado sino que eran de una sola bolsa.
Salimos por la puerta del corralón y aun no había ni un
destello del alba. Pasamos por la puerta de la fonda de Vallejo, y de la
fábrica de aceites de Tristán, seguimos rectos hacia la rambla
Era el camino por donde en la época de la matanza limpiaban las
tripas y nos daban las vejigas de los marranos para jugar.
Harto de mirar al cielo, acabé por cerrar los ojos y dormirme. Habíamos
llegado a un cortijo que le decían del General Rada.
Allí se nos juntaron otros peregrinos,
y se inició la subida, por un camino hacia el bosque,
pasábamos riachuelos secos, alcazabillas de almendros, barranqueras
pedregosas, pero se notaba el que íbamos siempre subiendo al cerro.
Se nos juntaron grupos de Abla y Abrucena, pasamos por
Escullar y ya se notaba el calor de las mantas. Nos adentramos por
caminos y veredas que iban acortando el camino. Cada vez estábamos
más cerca de las estrellas. Apareció el bosque, y la alegría
fue grande. Ya no teníamos el calor sobre nosotros. Los que hacían
de guías se sabían los vericuetos, habían hecho
muchas veces el mismo camino. Parábamos de cuando en cuando, para
desaguar, y a veces para darle un tajo al pan o al embutido. Otras nos
dejaban ir andando, junto al burro, para desentumecer las piernas, decían
. Se tendían lazos de amistad entre unos y otros. Las mujeres quisieron
que fuéramos con ellas. Pero nosotros preferimos siempre ir junto
a nuestro burro por si nos cansábamos pedir que nos subieran. Vimos
delante y detrás de nosotros otros grupos avanzar hacia la cima
del cerro. A lo lejos, se divisaba la tetica de Bacares que nos servia
de norte y guía. Sobre el medio día, una gran parada para
los animales y para nosotros tomar más alimento. A nuestros pies
estaba Alcontar.
Nos alcanzaron otros grupos de peregrinos.
En todos se notaba el ánimo y la fe de llegar ante el Cristo. Mi
abuelo iba como nosotros, unas veces andaba y otras volvía
a subirse a su burro. Se le notaba feliz, satisfecho de cumplir, como decía
él.
Cruzamos la cima, y al fondo se veían
los pueblos blancos de Serón, Tijola, las casas de Las Menas, y
rodeado del bosque, ya más próximo a nosotros, entre el bosque:
Bacares.
Todo eran gentes, y animales llegando a la
explanada. Se colocaban los animales, bajo los pinares, y a sus pies,
las albardas, y los serones, desproveyéndoles de todo peso. Unos
cubos de lona fuerte les acercaban el agua y la comida. Unos y otros
se saludaban efusivamente.
Mi abuelo marchó derecho a la Iglesia.
Nos dijo que le acompañáramos y tomáramos nota de
donde estaban los animales por si nos perdíamos alguno. Había
ya cientos de personas dentro de la pequeña iglesia. Mi abuelo se
puso de rodillas. se dirigió al Cristo, en la Cruz: era más
bien moreno, hermoso y de buena hechura, tenía un paño
bordado en oro, cubriéndole de la cintura hacia abajo.
Estuvo un buen rato mi abuelo postrado ante Él. Sé que le
daría las gracias por el favor que había recibido. En la
cara del abuelo se notaba la satisfacción de la promesa cumplida.
Nunca supimos cuál había sido. Eso quedó entre él
y el Cristo.
Sobre el mediodía, se hizo una multitudinaria
comida. Unos y otros compartían sus viandas. A primeras horas de
la tarde, el volteo de campanas, anunciaba la salida del Cristo.
Se hizo la procesión, entre miles y
miles de personas; no habíamos visto nunca tanta gente junta. Se
dio la bendición a los peregrinos y se inició la despedida.
Hubo muchos abrazos y entrecruce de buenos deseos entre todos los
asistentes. Más de uno de citaba para ”el año próximo”
Entre el tronar de cohetes, se iniciaron los preparativos para la vuelta.
La hicimos por un camino, más fácil, que estaban haciendo
los forestales, y una vez llegados a la rambla subimos esta en plena noche.
Nos íbamos quedando cada vez menos. Adiós a los de Doña
María, Adiós a los de Nacimiento, adiós a los
de Abla y Abrucena. No sé ni cuando llegamos a casa. Envueltos en
nuestras mantas, en una noche llena de estrellas con un corazón
henchido de alegría y amor al Cristo, dormimos aquella noche. Ni
que decir tiene que el mejor durmió aquella noche fue mi abuelo
Sebastián. Había cumplido su promesa. Nunca olvidaré
este catorce de septiembre.
Sebastián–Manuel Gallego Morales.
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LA RAMBLA
Siempre ha sido el problema del pueblo, pues
situada entre esta y la estación del ferrocarril, era un muro infranqueable
cuando le daba por salir. Y salía bastantes veces al año.
Se iniciaba esta rambla en las proximidades de Guadix, pero se engrosaba
con las aguas del Barranco de Huéneja, y las ramblas de Charches,
y otras menores de la zona del Marquesado.
Cuando salía, arrasaba lo que tenía
a su alcance y se extendía, ensanchándose, a veces hasta
treinta o cuarenta metros. Luego iba reduciendo, hasta quedarse en un cauce
de unos cuatro metros, y una profundidad que iba también disminuyendo
según su caudal.
Pero el inicio era tremendo. Se
arrancaba, ya imparable la tormenta en la cabecera, y
arrastraba todo lo que había en sus orillas.
La primer vez que la vi, furiosa,
fue sobre los finales de Septiembre, del año 1942. Estábamos
en el tranco de la puerta de la Iglesia, cuando oímos la trompeta
del Chupacandiles, el pregonero del pueblo que antes había
sido sereno, avisando que la rambla iba a salir, que habían
llamado al Cuartel de la Guardia civil desde Guadix. Que venía
“muy peligrosa”.
Decidimos ir a ver: la tromba del inicio
era, según mis amigos, lo que merecía la pena. Luego, todo
quedaba en fango y agua.
Subimos por la cuesta del castillo, y al poco
sobre una terraza estaba un amigo al que decían El Macabé,
que nos dijo que si queríamos verla desde allí. Mis amigos
le dijeron que era mejor desde el cerro del cementerio, pues estaba más
cerca. Así que el Macabé se vino nosotros. Estaba también
en la escuela y era el hijo del carnicero. Ya en el cerro había
bastantes familias mirando la rambla. Se ve que era el mejor mirador.
Cuando corríamos para el
cerro del cementerio empezó a oírse el estruendo. El
cielo se ponía negro por minutos. Era un ruido lejano, sordo, y
que retumbaba y hacia retumbar a la tierra, desde el cerro vimos a los
que estaban en el campo al otro lado de la rambla, cruzar rápido
arreándoles o a las burras. “A más de uno les pilla”, comentaba
el Macabé. “Tendrán que quedarse al otro lado hasta que
baje la rambla”. Muchas veces nos decía, se refugiaban en
la Almazara que había en la Fuente Sergio. Él, desde su casa,
los veía luego hacer señas a su familia a este lado. Con
el cielo casi negro, el estruendo empezó a llegar, más y
más cerca. El Macabé se subió a la tapia del cementerio
y dijo ”¡ya llega!”. Y, efectivamente, llegaba una tromba anchísima
, pillaba toda la rambla, de un color entre marrón y melaza.
Al frente venían varios troncos de arboles entrelazados con
retamas continuamente dando vueltas. Era asombroso, el ruido nos
tenía aterrorizados, cuando el Macabé nos dijo “Mirad
allí va un burro dando tumbos”. Yo le dije que no lo veía
y se puso a mi lado, y de cuando en cuando me decía “aquello
son las patas y la panza blanca” Al poco lo distinguíamos todos.
Daba vueltas y mas vueltas arrastrado por la tromba de agua .La Rambla
se iba ensanchando cada vez más y así estuvo casi una hora
.Se había comido los bancales de la orilla. Al poco pasaban
por el camino de la estación los que se habían precavido
por el ruido y cruzaron rápidos a esta zona. Les preguntaban
si habían quedado algunos al otro lado. Pocos, decían, pues
el cielo se le veía negro desde el mediodía.
El agua en tromba cesó casi a la hora.
Ya solo corría el agua, era una rambla de más de cincuenta
metros de ancho, sin el ruido y el estruendo del inicio. Ya no arrastraba
ni árboles, ni animales, y poco a poco empezó a retirarse
la corriente hacia el centro, los campos que había anegado estaban
marrones y llenos de babaza. Pasarían varios días
antes de que se pudiera entrar a los mismos. Todos los sembrados habían
sido arrasados.
Volvimos a la plaza, y todo el comentario
era del destrozo que habría causado. Dicen que la tormenta había
sido entre Guadíx, y Jerez del Marquesado. Otros años
había ocurrido en los días de feria de ganado de Guadix,
que la hacían en la Rambla, y las pérdidas fueron
enormes. El Macabe dijo que se veían los burros muertos a docenas.
El agua tardó varios días en
ceñirse a un cauce central, y se pudo, casi a la semana de
la riada, pasar de un lado a otro. Qué falta hacia un puente,
que uniera ambas partes. Nosotros, Nicolás y yo nos acordamos de
la foto que tenía la Abuela, la del Sr. Ministro y el abuelo...
Sebastián–Manuel Gallego Morales.
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LA VISITA DEL INSPECTOR
Empezó con el anuncio de una visita
del Inspector de las Escuelas Nacionales, que así se llamaban entonces,
y con la incertidumbre de si la visita sería en lunes, en martes
o en cualquier otro día de la semana, pues las comunicaciones no
eran fáciles y este Sr. vendría en La Alsina, que era el
único medio de transporte que llegaba al atardecer desde la capital
Almería, y salía a primeras horas de la mañana
para allá. Esto nos ponía a todos en el conocimiento
de que había de pasar una tarde y un día completo en el pueblo.
Así que D. Manuel nos puso en antecedentes
de que si en la Alsina, venía un Sr. con una cartera, como único
equipaje, pues este era el Sr. Inspector. Que si algo nos preguntaba fuéramos
amables. Así empezó la peor semana que recuerdo.
Fui despojado del “mando en plaza”, que a
mi llegada se me había otorgado, y se tomó en serio
su profesión, haciéndonos miles de preguntas, tuvimos que
rellenar cuadernos de caligrafía, copiar los mapas de España,
sus regiones, sus ríos, sus fronteras y sus islas. Todos nos lo
sabíamos de memoria, de tanto “cantarlo”, pero no se había
llevado al papel este conocimiento.
Estaba Paco Guindos rellenando un Mapa de
España, y vimos con la rapidez con que lo hizo, así que empezó
un sistema de producción en cadena, y antes de terminar la mañana,
ya teníamos todos el mapa, con sus ríos y sus cordilleras.
Paco nos lo hizo a casi todos y nosotros le poníamos el nombre a
los ríos y a las cordilleras, a los mares y las Islas.
Luego el otro mapa, con las regiones y las
provincias de cada una, se hizo el mismo sistema, y llegada la tarde,
podíamos decir que teníamos TODOS un trabajo bien hecho,
pero solo en geografía de España. Los cuadernos de caligrafía
eran otro cantar, y D. Manuel nos dijo que podíamos llevarlos
a casa y seguir con los trabajos, pero que a la mañana siguiente
los quería terminados.
Aquel lunes no tuvimos recreo y, si alguno
tenía necesidad, levantaba la mano y el asentimiento del Maestro
servia como permiso.
Salimos cabizbajos, y cada uno derecho
a su casa para seguir rellenando los cuadernos; en la tarde no hubo fútbol,
no hicimos recorrido para meriendas dobles; nada de nada.
En la mañana del martes, antes de que
se abriera la escuela, ya estábamos nosotros en la puerta con
nuestros deberes hechos.
Pero fue llegar D. Manuel, y nos puso a temblar,
tras repasar nuestros trabajos, y decía que los dejásemos
en los pupitres, nos fue repartiendo unas libretas a rayas, con nuestro
nombre puesto por él, en cada una de ellas. En la portada
y bajo nuestro nombre había puesto “ejercicios de matemáticas
“.
Las instrucciones eran, hacer, mejor dicho,
copiar, en cada página, las ocho operaciones que él pondría
en la pizarra. Pero limpiaría la pizarra cada cuarto de hora,
y el que no las hubiese terminado de pasar a su libreta, en la misma, le
pondría “mal”; a los que las copiaran, todas “Bien”.
No recuerdo que ninguno de mis compañeros
levantara aquella mañana la mano a ir a hacer sus necesidades.
Lo que si recuerdo es que aquella tarde a la hora de salida de la escuela
, ya teníamos una libreta y media rellena de operaciones de
sumar, restar multiplicar o dividir. Las dejamos sobre la mesa del Sr.
Maestro para su corrección.
Pero a la hora de salir, a los que teníamos
la enciclopedia “Alvarez” nos señaló unas páginas
de Gramática para que las aprendiéramos para el día
siguiente, y a los que solo tenían los cuadernos de lectura
y escritura “Trillo”, también les señaló tarea. Él
iría a la tarde a ver si en la Alsina llegaba el Sr. Inspector.
Nosotros a la Alsina le decíamos “La Pestosa” pues raro era el día
que no se tenía que limpiar con cubos de agua, barrer o fregar,
en la misma plaza del ayuntamiento (en la que paraba) todo el suelo,
o ventanas o asientos, de los vómitos de algún viajero al
paso por el “Ricaveral”. Ciento y pico curvas, según se decía.
El miércoles, nada se sabia del
Sr. Inspector, pero como el ritmo lo había tomado bien el
maestro nos encontramos escrito en la pizarra: “Tema para Hoy:
Historia
de España”.
Luego hitos y personajes: Iberia.-
Los Romanos. Los Fenicios. Viriato. Numancia. Los Godos. Los Invasores
Árabes. Los Reyes Católicos. La Unidad de España.
El Descubrimiento y Conquista de América. Las monarquías
decadentes. -La Guerra civil. El Caudillo. “Escribir diez renglones, por
este orden, sobre cada uno de estos temas.”
Nuevamente en nuestros pupitres unos cuadernos
con nuestros nombres en la portada y la palabra Historia de España.
Nos llevó toda la mañana, y
entonces tampoco hubo recreo, pero D. Manuel fue tolerante en cuanto
a que nos preguntásemos unos a otros. En las horas de la tarde,
aún no lo habíamos ultimado, y le pedimos quedarnos
en la escuela para poder acabar, a lo que accedió pidiendo le dejáramos
las llaves al Lolo, que era el municipal que las guardaba.
Salimos de la escuela ya al atardecer, sin
ganas de nada, solo de cenar, dormir y perder de vista un día
que nos había sido fatal. Los trabajos hechos, quedaron sobre la
mesa.
Así llegamos al jueves, día
en el que solo teníamos clase por la mañana.
Esperábamos no encontrar nada, pero
había nueva libreta sobre nuestros pupitres y en la pizarra el tema:
“Regiones de España: Productos naturales e industriales”.
Era un tema que nos sabíamos del “cantado”, así que empezamos
por Almería (las uvas), Valencia (las naranjas), Castilla (el trigo),
León y Asturias (la minería), Galicia (el pescado), Cataluña
(los tejidos), Murcia (las verduras y hortalizas), Extremadura (patatas,
ajos y cebollas), País vasco (los altos hornos), Aragón (las
frutas)... fue un tema fácil, que quedó plasmado en la libreta
con el mismo estribillo con el que lo habíamos aprendido cantando.
Exceptuando el final que siempre le poníamos al cantado y
que era “y en Madrid, las P....”
Aquella tarde pudimos hacer nuestro
habitual partido de fútbol en la plaza de Las Iturriagas, y en el
intermedio un concurso de meada contra la pared. Volvíamos
a ser los mismos de siempre
Y estando en los últimos momentos del
partido nos llegó la noticia tan esperada. El Sr. Inspector había
llegado en la Alsina de Almería. Se había ido a la Pensión
la Gloria directamente y es que en una de las curvas del ”ricaveral”,
una mujer la había salpicado con una vomitera de las muchas que
daban en el trayecto y le había manchado el traje, y se lo estaban
limpiando en la Pensión. La noticia era cierta, ya que le
traía fresquita Valentín, el hijo de la dueña de la
pensión. Era mayor que nosotros, ya no iba a la escuela, pero estaba
al corriente de nuestras inquietudes.
No esperábamos hacer nada más
en la semana, cuando al llegar el viernes nos encontramos en la Pizarra
“ Tema Religión. Repaso de los Diez Mandamientos.”
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