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A Manuel Garrido Nieto, El Coletoro, siempre lo recuerdo de edad
avanzada, pequeño, delgado, con la cara curtida por el sol y el
aire de de la sierra, y siempre con un sombrero de paja sobre la cabeza.
Se encargaba de llevar y traer de la estación la saca de correos,
y, de paso, aprovechaba el viaje para trasladar las maletas de los viajeros
que se lo pedían.
Para realizar el trabajo se valía de una borriquilla que, en tamaño
y edad, hacía juego con su amo.
Portaba tres o cuatro maletas ( de las de entonces ) y aún le sobraban
fuerzas para cargar con un niño. O con dos... |
Era la alegría de la chiquillería. ¡ Que delicia y
que aventura era viajar sobre ella... !. Emprendía un alegre y rítmico
paso que te hacía ir botando sobre las maletas emprendiendo nuestro
cuerpo un viaje hacia la parte trasera del animal. El que ya adquiría
experiencia se acoplaba a su ritmo y hacía el viaje más
tranquilo.
Cuando la veíamos pasar por la calle nos íbamos a acompañarla
a la estación pidiéndole al Coletoro que nos dejara subir
en ella. Si llegábamos a la rambla, y ninguno había conseguido
su propósito de subir, nos volvíamos a la espera de mejor
ocasión.
El progreso terminó jubilando a la borriquilla. La sustituyeron
por un 4L.
¿ O era un dos caballos ? Ironías del destino...
Es un recuerdo de Juan Ocaña
Morales.
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