Este recuerdo está dedicado a los niñ@s
de Fiñana que, en la escuela, a la
hora del recreo, dejan las papeleras llenas
de bocadillos a medio comer.
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A los años 40 -
42 llamaron los años del hambre. Bien estaría si sólo
hubiera habido hambre en Fiñana en esos años...
Entre que estaba reciente el final de la guerra, que vinieron unos años de gran sequía y que, más tarde, hubo un aislamiento de España por parte de Europa, el pueblo no levantaba cabeza. Y así se siguió hasta finales de los 50 en que empezó a llegar dinero fresco de los que emigraban. Los primeros años fueron los más duros. Los fiñaneros empezaron a comerse las habas, fritas o cocidas, cuando estaban aún sin granar; así no se desperdiciaba la vaina. Cuando las habas están de ese tamaño le llamamos coletos. Y todos terminaron odiando a los coletos. Y se cambió lo de "años del hambre" por lo de "los años del coleto". A l principio se practicaba una economía de trueque. Entre las distintas familias se iban cambiando los productos que tenían. Se fue tirando con lo poco que producía la pequeña finca o los animales que se podían criar. Y es una pena que me haya olvidado de lo que me contaron sobre cual era el valor que se daba a cada producto. Lo que sí recuerdo es que el pollo y los huevos eran un artículo de lujo. Las familias de los cazadores tenían suerte; la piezas cazadas se freían y se guardaban en una orza con aceite (como el aceite escaseaba, algunos se hacían de él cambiándolo por unos cuantos conejos). Bueno, el caso es que ya se tenía una reserva para algún tiempo. La tarde que había suerte y la madre repartía un trozo de pan untado de sobrasada decía a los hijos: "No salgáis a comer el pan a la calle que, si pasa un niño, se le puede saltar la hiel ". Recuerdo un día que bajaba por la cuesta de Macano un tropel de gente que corría gritando detrás de un perro que llevaba en la boca media manta de tocino; la había cogido de una casa del Barrio Alto. Cuando lograron alcanzar al perro en La Encrucijada, en la refriega, el tocino desapareció. Algunos tenían más hambre que el perro. Al final, el dueño del perro le dio al apenado "atracado" media manta de tocino. Pues sí, no hay duda de que esto puede servir de ejemplo a más de uno.
Es un recuerdo de la escasez
fiñanera.
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