|
Me hizo la ficha cuando fui a su zapatería acompañando a
mi abuelo que le iba a comprar unos dedíles para los segadores.
Como yo le había preguntado a mi abuelo que eso que era, me dijo:
-Ven y verás lo que son, y para lo que sirven... Mi abuelo le compró varios para los segadores que iba a tener y me explicó como cubrían los dedos de la mano contraria a la hoz. Mientras se los ponía, y veía la largura de los sujetadores a la muñeca, quedé "fichado por quien sería a lo largo del tiempo mi amigo." Sentado en su silla de anea baja, nunca dejaba de hablar mientras trabajaba. Aprendí a ver lo importante que era el separar las lonas de las cubiertas, como se sujetaban con las tenazas y se salían casi enteras. Luego a cortar la cubierta con el trinquete, que me causaba pánico solo con verlo, y poner las plantillas de tal forma que no se desperdiciara material. |
|
Pronto aprendí la diferencia, entre la amoladera basta y la saquira,
piedra fina que usaba para las cuchillas, clavetear las lonas
a la suela y rematarlas con el burro, si alguna grapa o púa quedaba
mal. Como tenía que darse el cerote y al cálculo del hilo
para no desperdiciarlo, primero al retorcerlo sobre el mandil, y
luego la cera; como se podía coser de revés y
su alegría de ver unas albarcas terminadas.
Poco zapato trabajaba en los primeros días en que le conocí. Sólo suelas, medias suelas, tacones y algún que otro parche de badana. Me asombraba su destreza con el punzón, y la habilidad de hacer punzones acanalados con las varillas de los paraguas. Por la canalilla llegaba mejor la aguja con el hilo ya puesto. Decía que así se trabajaba mejor que con la lezna. A las medias suelas y a los tacones los refinaba con la pata de cabra, tenía dos, una de madera y otra en hierro; finalmente a toda la pieza le daba una mano de betún o tinte de su color y los abrillantaba. -Cepillo, -decía-, mucho cepillo. Algún que otro día la familia de D. Norberto le daba periódicos atrasados, "E l Yugo" de Almería, y hacía unas bolas que las metía en los zapatos para mantenerlos tiesos. Tenía en su zapatería cántaros y lebrillos que, decía, los vendía para su compadre de Guadix, al que nunca llegué a ver. Pese a su cartel de "hoy no se fía", le fiaba a todos, y más de uno le pagaba en especie, que él sinceramente agradecía. Ya se le iniciaba el pelo albo en las sienes y le faltaba un diente, por lo que siseaba un poco . Vivía por la calle El León ,y en los días en que mudó el taller a la acera de enfrente, su esposa tenia otra niña... Y, pese a los temores de mi abuela Rosario, nunca le oí una blasfemia. Donde quiera que estés, amigo Catite, siempre recordaré el empeño que ponías en enseñarme tu noble oficio. Manuel Gallego
Morales- desde Baza.
|
| Volver a personajes | Volver a rincones |