Juan
Balas, decían, había estado en la Guerra de
Cuba. ¿ O en la de Filipinas ?. Bueno, el caso es que Juan Balas estaba tan loco como su cabra. Cuando queríamos imitar a Almillita, el del culo verde, el que se comió los higos verdales, nos acercábamos a una parata que había por la "cieca del Molaín", cerca de la carretera general. Allí se encontraba la cabra sentada a la sombra, sola y atada a una estaca mediante una soga de unos cuantos metros. En cuanto nos veía se levantaba y los ojos se les ponían de bolilla pensando en que había llegado el momento de la corrida. Nos quitábamos la camisa y los pantalones (eran más peligrosas la madres si llegábamos a casa con los pantalones rotos o manchados). Y , mientras uno le daba unos capotazos con la camisa a la cabra, otro soltaba la soga de la estaca. Y empezaba la corrida... ¡ Qué poderío el de la cabra...! ¡ Cómo rascaba con las pezuñas el suelo cual cuatreño Miura...!. De pronto, salía lanzada contra el que la citaba camisa en mano. La embestida era noble y violenta. Si uno no se andaba con arte terminaba por los aires o arrollado por el suelo. Si se libraba del topetazo unas cuantas veces era aplaudido por los que se encontraban subidos a los árboles. La cabra se paraba cada cierto tiempo para tomas fuerzas y se quedaba mirando fijamente como diciendo que la corrida no había terminado. Todo finalizaba cuando alguien avisaba de que se acercaba Juan Balas. Cogíamos nuestros pantalones y emprendíamos veloz carrera pues el Loco practicaba el refrán de que " lo que no corre el viejo lo corre el tejo". ¡ Y QUÉ PUNTERÍA TENÍA EL DEMONIO...! Después vendría la tertulia taurina sentados en el borde de la acequia con los pies dentro del agua. |