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28 de diciembre, día de Los Inocentes, en la puerta de la Iglesia
se celebraba una subasta para vender todos los productos que habían
dado a la Hermandad de las Ánimas.
A la salida de misa nos encontrábamos con todos los productos expuestos sobre la acera y empezaba la subasta que se iría animando poco a poco. A las pandillas de jóvenes nos gustaba ir a esta subasta para ver si nos podíamos hacer de un pollo o un conejo que luego nos comeríamos frito con ajos en el bar de La Bibia o en La Cueva. Pero la cosa estaba difícil pues, dado el fin al que estaba destinado el dinero recaudado, la gente pujaba muy alto y no había forma de coger una ganga. Y no digamos lo imposible que era hacerse con "los pollos de Sebastián Matilla". Este señor donaba todos los años dos pollos. Cuando llegaba el turno de subasta de los pollos, él también se ponía a pujar. La gente iba subiendo la puja para mosquearlo pero, nada, al final terminaba con los pollos bajo el brazo después de haber pagado un precio enorme por ellos. Cosas de nuestro pueblo...
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